Literatura

Me hñätho

poema

 

Poema

 

Me hñätho
La palabra sagrada. Serafin Thaayrohyadi
Mä tsi megö
Hin gi ja ri ts’e:di
Pa gi nzohki ko na’ñu hñä.
Di ne go mpöhö
Di ne go o:de
Ri hñä ga tsi le:ngu xuhtsi.
Di ne gi xihki:
Mä tsi t’u:ki
Gi ‘bu:’mä tsi mu:i.

Tu’ ro hñä
Da ndo:nu: mä hñähu:
Da mbu: ro ngande hmä.

Da bo:ngi ri ne ro chala do’.

Traducción

Lengua Madre

Madrecita mía
No te esfuerces
Por hablar lenguas extrañas.

Quiero alegrarme
Quiero escuchar
Tu lengua de niña.

Quiero que me digas:

Hijo mío
Estás en mi corazón.

Siembra la palabra
Que florezca nuestra voz
Que retiemble el mensaje antiguo.

Que de tu boca emane el tesoro.

Tomado de: Ro mähki hñä / La palabra sagrada. Serafin Thaayrohyadi

La isla del maquillaje

Fernando del Paso


La isla del maquillaje donde los expertos de la Agencia Encantada conocían los secretos más íntimos de Mesalina la cortesana de los pezones dorados, y conocían la fórmula del agua de Tristán y del aceite de vitriolo que tiñe los cabellos de rubio, y los secretos de los tatuajes maoríes y de las toilettes de Cleopatra y Belinda y las virtudes de las lociones de glándulas de cocodrilo y sangre de lobo de Isabel de Baviera y de los cosméticos creados por los Macaroni, y donde las cremas, lápices labiales, makeups, polvos y coloretes Max Factor, Revlon, Elizabeth Arden y Mary Quant reviven las glorias pasadas de Ninon de Lenclos, Madame Du Barry, Mae West y Marie Duplessis, y donde —según le explicó el guía a Palinuro— se preparan los productos de la Agencia Encantada para las fotografías y filmaciones.

Nuestros expertos saben, por ejemplo, que el burbujeo de una cerveza se pierde en unos segundos y que la crema de un postre de gelatina Jell-O se derrite con el calor de los reflectores, como se derriten las gotas de sudor de un vaso de Seven up helado, o la grasa de una pierna de jamón Parma.

Por lo tanto, para que cada producto esté listo para la fotografía que lo inmortalizará de por vida en la revista del mismo nombre , o para la filmación del comercial que será admirado por cientos de millones de personas, le ponemos Alka-Selzer a la cerveza y sustituimos la crema del postre por pasta de dientes y las gotas de sudor del vaso por gotas de glicerina y barnizamos con laca cada pierna de jamón.

Otras cosas que hacemos en esta isla del maquillaje —le dijo el guía a Palinuro— es peinar a las alfombras Luxor, vestir de gala a las latas de puré de tomate Del Fuerte y de etiqueta a los cigarrillos Players, modelar los senos de los basieres Cross-My-Heart y pintarle la boca a las cajas de té Lipton para que sonrían a las cuatro en punto.

Aquí verá usted cómo nuestros expertos se esmeran en sacarle brillo a los guardafangos de los automóviles Mercury hasta que en ellos se refleja, de cuerpo entero, el dios del comercio y protector de los ladrones.

Aquí le ponemos bandeja de plata al lubricante Esso, que puede servirse en copa de cristal de Bohemia para brindar por la salud de los cilindros de su automóvil. Aquí, por último, en esta Isla, le ponemos pestañas postizas a las cámaras Retina para que provoquen, con los guiños de su obturador, el amor instantáneo y memorable.

Poema Amor Importuno

poema

 

Poema

Amor Importuno
Sor Juana Inés de la Cruz

Dos dudas en que escoger
Tengo, y no se a cual prefiera,
Pues vos sentís que no quiera
Y yo sintiera querer.

Con que si a cualquiera lado
Quiero inclinarme, es forzoso
Quedando el uno gustoso
Que otro quede disgustado.

Si daros gusto me ordena
La obligación, es injusto
Que por daros a vos gusto
Haya yo de tener pena.

Y no juzgo que habrá quien
Apruebe sentencia tal,
Como que me trate mal
Por trataros a vos bien.

Mas por otra parte siento
Que es también mucho rigor
Que lo que os debo en amor
Pague en aborrecimiento.

Y aun irracional parece
Este rigor, pues se infiere,
Si aborrezco a quien me quiere
¿qué haré con quien aborrezco?

No se como despacharos,
Pues hallo al determinarme
Que amaros es disgustarme
Y no amaros disgustaros;

Pero dar un medio justo
En estas dudas pretendo,
Pues no queriendo, os ofendo,
Y queriéndoos me disgusto.

Y sea esta la sentencia,
Porque no os podáis quejar,
Que entre aborrecer y amar
Se parta la diferencia,

De modo que entre el rigor
Y el llegar a querer bien,
Ni vos encontréis desdén
Ni yo pueda encontrar amor.

Esto el discurso aconseja,
Pues con esta conveniencia
Ni yo quedo con violencia
Ni vos os partís con queja.

Y que estaremos infiero
Gustosos con lo que ofrezco;
Vos de ver que no aborrezco,
Yo de saber que no quiero.

Sólo este medio es bastante
A ajustarnos, si os contenta,
Que vos me logréis atenta
Sin que yo pase a lo amante,

Y así quedo en mi entender
Esta vez bien con los dos;
Con agradecer, con vos;
Conmigo, con no querer.

Que aunque a nadie llega a darse
En este gusto cumplido,
Ver que es igual el partido
Servirá de resignarse.

Cuento Alfonsina

Cuento

 

 

Juan Lorenzo Collado Gómez


La lluvia me empapa, pero me importa muy poco, es casi mágico sentirla correr por la piel de forma torrencial. Queda todo tan lejos de aquí, de este momento de soledad en el que el dolor apenas me deja un segundo de plena lucidez.

Qué lejano queda todo, incluso el instante en el que hace unos segundos miraba la lluvia desde la ventana y el sufrimiento era intenso, apenas lo puedo soportar, diciéndome que no vale la pena continuar aquí porque, además, ya sólo es cuestión de días, quizá algún mes y además yo tengo mucho miedo, sobre todo al dolor.

Le dije en una ocasión a mi amigo Fermín Estrella que me llamaron Alfonsina porque quiere decir dispuesta a todo y ahora lo estoy más que nunca.

No recuerdo nada de Lugano, simplemente me dijeron que nací allí, pero yo he sido siempre argentina, aquí esta mi corazón, mis palabras, mis primeros recuerdos de cuando tenía cuatro años y estaba en San Juan, en el umbral de mi casa, sosteniendo un libro del revés mientras miraba a la gente que pasaba. De entonces recuerdo que siempre me consideré una niña fea con la cara redonda y regordeta.

Posiblemente ocurrieron muchas cosas importantes pero yo sólo recuerdo aquello de cuando era tan pequeña y cuando nos marchamos a Rosario. Una familia pobre. Mi madre puso una pequeña escuela domiciliaria y, posteriormente, mis padres abrieron el Café Suizo, cerca de la estación del tren. Me encantaba mirar pasar los trenes en los ratos libres en los que a mis diez años atendía las mesas y fregaba los cacharros. Pero siempre había un rato para sentarme a esperar su paso y escribir algún verso o describir la realidad en un papel. Pero el café fue un fracaso cuando papá murió y entonces yo me empleé en una tienda de gorras para ganar algún dinero.

Entonces llegó la compañía de teatro de Manuel Cordero y quiso la suerte que pudiera sustituir a una actriz que enfermó.

Mi madre me dejó ir con ellos y se abrió un mundo nuevo para mí representando “Espectros”, de Ibsen; “La loca de la casa”, de Galdós; y “Los muertos”, de Florencio Sánchez. Era una niña que a mis trece años parecía una mujer y la vida me pareció que apenas valía la pena porque el ambiente me aplastaba cada día y regresé a casa para escribir mi primera obra de teatro.

Con mi madre casada otra vez y sintiéndome fracasada, ya tenía muy claro lo dura que era la vida y que nadie me iba a regalar nada. Por eso me matriculé en la Escuela Normal Mixta de Maestros Rurales de Coronda hasta obtener el título. Comencé a estudiar para maestra rural y conseguí un puesto y, en mis ratos libres, escribía en las revistas “Mun rosarino” y “Monos y monadas”. ¡Qué poemas aquellos!

Hace frío aquí y quizá debería regresar a la pensión y meditar un poco, pero es que no tengo nada que pensar y quiero caminar hacia el mar.

Diecinueve años tenía cuando llegué a Buenos aires con una maleta más pesada por los libros de Rubén Darío que por mi ropa y mis versos.

Llegué embarazada de un hombre mucho mayor, al que quería y no quiso de mí algo más que placer. Fue allí donde decidí tener mi hijo y empezar de nuevo, con un niño sólo para mí al que llamé Alejandro. Mis recursos para vivir fueron trabajar como cajera en una tienda y en las revistas “Caras y Caretas”. Pero lo más placentero era recitar mis poemas en las bibliotecas de barrio.

Tardé cuatro años en conseguir, con un esfuerzo enorme, que mi primer libro viera la luz. Fue otro hijo que vio el mundo siendo un homenaje a Manuel Gálvez, a quien admiraba. Lo llamé “La inquietud del rosal”

Al mirar mis mejillas, que ayer estaban rojas he sentido el otoño; sus achaques de viejo me han llenado de miedo; me ha contado el espejo que nieva en mis cabellos mientras caen las hojas…

Publiqué el poema “Versos otoñales” en “Mundo Argentino”, donde también lo hacía publicaba Rubén Darío y eso fue fantástico, tanto como conocer a Nervo, que llegó a Argentina como embajador.

Cuando presenté el libro “El dulce daño”, en 1918, las cosas eran diferentes porque mis amigos me ofrecieron una comida en el restaurante Génova, donde se reunía el grupo Nosotros y leyeron mis poesías Roberto Giusti y José Ingenieros, mi gran amigo.

Fue en ese año agradable cuando comencé a realizar visitas a Montevideo y ya no he dejado de hacerlo nunca.

Tú me quieres alba,  me quieres de espumas, me quieres nácar.

Que sea azucena sobre todas, casta.

Corola encerrada ¡Qué aguacero! Parece que se hundieran las nubes, pero no quiero entrar en casa, el malestar me hace desistir de ello, prefiero caminar hasta el mar.

Un año más tarde me hice cargo de una sección fija en la revista “La Nota” y en el periódico “Nación”, en el que, entre otras cosas, escribía sobre el papel que debiera corresponder a la mujer en la sociedad mucho más allá de buscar sólo el matrimonio. Como no podía ser de otro modo las críticas más feroces no se hicieron esperar por mis ideas, pero también hubo muchísimas adhesiones a mis palabras.

Ese fue un tiempo de dura pero agradable labor, me sometí a un esfuerzo que no me daba apenas tiempo para otra cosa que no fuera trabajo y más trabajo dando conferencias, clases en el colegio Marcos Paz, en la Escuela de Niños Débiles del Parque Chacabuco, en el Instituto de Teatro Infantil Labardén y en la Escuela Normal de Lenguas Vivas. Fue a partir de 1926 cuando dispuse de una cátedra en el conservatorio de Música y Declamación impartiendo Arte escénico y, no teniendo bastante con eso, di clases de castellano en la Escuela de Adultos Bolívar.

Todo este trabajo desembocó en un agotamiento físico que me llevó a un obligado descanso y así comenzaron mis viajes a Mar del Plata y Córdoba.

Horacio Quiroga el escritor que vivía en la selva. ¡Qué buen amigo, cuánta admiración! No sé por qué no lo seguí al infinito. “Cuentos de la selva”, “El desierto”, “Anaconda”. Sus poemarios me atraían, disfrutaba con su lectura y para entonces yo ya había publicado “Irremediablemente” y “Languidez”.

Éramos tan diferentes…Pero me atraía su personalidad, su mirada, su poesía. Me robó un beso una tarde mientras jugábamos a las prendas y debíamos besar ambas caras de un reloj a la vez, y él lo quitó en el momento justo. Me hace sonreír el recuerdo de los tangos de entonces, cantar un tango, cuanta tristeza y pasión en ellos.

Cuando Horacio decidió volver a Misiones me dijo que lo acompañara, pero yo no me atreví a hacerlo. Quizá me equivoqué, pero eso ya no importa. No importa nada.

Esta noche al oído me has dicho dos palabras comunes. Dos palabras cansadas de ser dichas. Palabras que de viejas son nuevas. Casi coincidió la publicación de “Ocre” con la muerte de José Ingenieros y sin mi amigo me quedé mucho más sola de lo que siempre había estado.

Me reiría, como hice en otras ocasiones, de lo curioso de mi encuentro con Gabriela Mistral. Le habían dicho que yo era fea, no soy una belleza, pero de eso a ser tan fea… Y cuando llegó a casa y le abrí la puerta pregunto por Alfonsina pesando que tenía que ser alguien mucho menos agraciada.

Qué triste fue el estreno de mi primera obra de teatro, “El amo del mundo”. Hasta el presidente Alvear y su esposa, Regina Pacini, asistieron, pero fue un fracaso y la crítica se ensañó conmigo. Quizá no entendieron la visión que quería mostrar sobre la mujer. Un cronista llegó a decir que Alfonsina Storni denigraba al hombre. Todo lo que hay alrededor de mi obra de teatro fue un trago muy amargo.

Después vinieron viajes a muchos lugares, entre ellos España, a donde volví en 1931 conociendo escritores de allá como fue Concha Méndez, que me dedico algunos poemas. Y un año después publiqué mis dos farsas pirotécnicas: “Cimbelina y Olixene” y “La cocinerita” casi a la vez que me di cuenta de que las canas abundaban en mi cabello.

En “Mundo de siete pozos” intenté conseguir imágenes dentro de un mundo precario e inestable donde ojos, oídos, fosas nasales, boca, son los encargados de hacernos llegar el miedo, toda la angustia de la vida, recurriendo una y otra vez a los elementos que integran la ciudad.

Igual que yo fui a España y conocí a algunos escritores, otros vinieron de allá y así fue como conocí a Federico García Lorca, el de los gitanos. Su poesía me encantó y le dediqué un poema; “Retrato de García Lorca”:

Salta su garganta  hacia afuera  pidiendo la navaja lunada…

Y cuando menos lo esperas el mazazo, el golpe frío que te sobrepasa y te hablan de una enfermedad y de que hay que operar antes de que sea demasiado tarde para atajar el cáncer de mama que me aquejaba. Y sin tener tiempo para salir al paso del abatimiento se suicidó Horacio Quiroga.

Morir como tú, Horacio, en tus cabales,

Y así como en tus cuentos, no está mal un rayo a tiempo y se acabó la feria…

Qué difícil parece ser todo. ¿Por qué tiene que haber tanto dolor en la vida cuando sólo se pretender vivir… Tan sólo eso?

Hace frío, el aguacero apenas me deja ver el mar, tan fuerte, tan hermoso, tan atrevido, y yo quiero dejarme acoger por sus brazos.

Nunca llegué a pensar que me pudieran considerar tan importante como para invitarme a compartir un acto con Juana de Ibarbourou y Gabriela Mistral. Tenía que hablar de mi forma de crear y disponía de un día para escribir mi conferencia. Lo hice sobre mis rodillas y se me ocurrió el título de “Entre un par de maletas a medio abrir y las manecillas del reloj”.

Fue fantástico escucharlas, compartir sus secretos de escritoras con los demás y leer sus versos.

No ha pasado tanto tiempo, unos meses y mi vida ha dado un giro terriblemente brusco. La tensión, saber que todo está perdido es demasiado duro…

No podía aguantar más en la habitación y he tenido que salir, el dolor… Siempre este dolor que no me deja descansar, pero el mar está ahí, esperando siempre con su mirada capaz de llevar en ella el olvido.

He venido a Mar del Plata a descansar, a intentar reponerme cuando yo sé que no me queda ninguna posibilidad y no soporto más la angustia. Ni tan siquiera la lluvia torrencial es capaz de mitigarla un poco.

Hace unas horas llamé a la dueña de la pensión y le dicté una carta para mi hijo y he escrito un poema que quiero titular “Voy a dormir”.

Dientes de flores, cofia de rocío, manos de hierbas, tú, nodriza fina,  tenme prestas las sábanas terrosas  y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame. Ponme una lámpara a la cabecera; una constelación; la que te guste;  todas son buenas; bájala un poquito. Déjame sola: oyes romper los brotes… te acuna un pie celeste desde arriba y un pájaro te traza unos compases para que olvides… Gracias. Ah, un encargo: si él llama nuevamente por teléfono le dices que no insista, que he salido…

Sigue lloviendo y ya sólo espero que el agua del mar no esté muy fría.

Los merengues

cuento

 

Julio Ramón Ribeyro



Apenas su mamá cerró la puerta, Perico saltó del colchón y escuchó, con el oído pegado a la madera, los pasos que se iban alejando por el largo corredor. Cuando se hubieron definitivamente perdido, se abalanzó hacia la cocina de kerosene y hurgó en una de las hornillas malogradas. ¡Allí estaba! Extrayendo la bolsita de cuero, contó una por una las monedas -había aprendido a contar jugando a las bolitas- y constató, asombrado, que había cuarenta soles. Se echó veinte al bolsillo y guardó el resto en su lugar. No en vano, por la noche, había simulado dormir para espiar a su mamá. Ahora tenía lo suficiente para realizar su hermoso proyecto. Después no faltaría una excusa. En esos callejones de Santa Cruz, las puertas siempre están entreabiertas y los vecinos tienen caras de sospechosos. Ajustándose los zapatos, salió desalado hacia la calle
En el camino fue pensando si invertiría todo su capital o sólo parte de él. Y el recuerdo de los merengues –blancos, puros, vaporosos- lo decidieron por el gasto total. ¿Cuánto tiempo hacía que los observaba por la vidriera hasta sentir una salvación amarga en la garganta? Hacía ya varios meses que concurría a la pastelería de la esquina y sólo se contentaba con mirar. El dependiente ya lo conocía y siempre que lo veía entrar, lo consentía un momento para darle luego un coscorrón y decirle:
-¡Quita de acá, muchacho, que molestas a los clientes!

 

Y los clientes, que eran hombres gordos con tirantes o mujeres viejas con bolsas, lo aplastaban, lo pisaban y desmantelaban bulliciosamente la tienda.
Él recordaba, sin embargo, algunas escenas amables. Un señor, al percatarse un día de la ansiedad de su mirada, le preguntó su nombre, su edad, si estaba en el colegio, si tenía papá y por último le obsequió una rosquita. Él hubiera preferido un merengue pero intuía que en los favores estaba prohibido elegir. También, un día, la hija del pastelero le regaló un pan de yema que estaba un poco duro.
-¡Empara!- dijo, aventándolo por encima del mostrador. Él tuvo que hacer un gran esfuerzo a pesar de lo cual cayó el pan al suelo y, al recogerlo, se acordó súbitamente de su perrito, a quien él tiraba carnes masticadas divirtiéndose cuando de un salto las emparaba en sus colmillos.
Pero no era el pan de yema ni los alfajores ni los piononos lo que le atraía: él sólo amaba los merengues. A pesar de no haberlos probado nunca, conservaba viva la imagen de varios chicos que se los llevaban a la boca, como si fueran copos de nieve, ensuciándose los corbatines. Desde aquel día, los merengues constituían su obsesión.
Cuando llegó a la pastelería, había muchos clientes ocupando todo el mostrador. Esperó que se despejara un poco el escenario pero no pudiendo resistir más, comenzó a empujar. Ahora no sentía vergüenza alguna y el dinero que empuñaba lo revestía de cierta autoridad y le daba derecho a codearse con los hombres de tirantes. Después de mucho esfuerzo, su cabeza apareció en primer plano, ante el asombro del dependiente.
¿Ya estás aquí? ¡Vamos saliendo de la tienda!

 

Perico, lejos de obedecer, se irguió y con una expresión de triunfo reclamó: ¡veinte soles de merengues! Su voz estridente dominó en el bullicio de la pastelería y se hizo un silencio curioso. Algunos lo miraban, intrigados, pues era hasta cierto punto sorprendente ver a un rapaz de esa cabaña comprar tan empalagosa golosina en tamaña proporción. El dependiente no le hizo caso y pronto el barullo se reinició. Perico quedó algo desconcertado, pero estimulado por un sentimiento de poder repitió, en tono imperativo:
-¡Veinte soles de merengues!
El dependiente lo observó esta vez con cierta perplejidad pero continuó despachando a los otros parroquianos.
-¿No ha oído? – insistió Perico excitándose- ¡Quiero veinte soles de merengues!
El empleado se acercó esta vez y lo tiró de la oreja.

 

-¿Estás bromeando, palomilla?

 

 

Perico se agazapó.

 

-¡A ver, enséñame la plata!

 

Sin poder disimular su orgullo, echó sobre el mostrador el puñado de monedas. El dependiente contó el dinero.

 

-¿Y quieres que te dé todo esto en merengues?

 

-Sí –replicó Perico con una convicción que despertó la risa de algunos circunstantes.

 

-Buen empacho te vas a dar –comentó alguien.

 

Perico se volvió. Al notar que era observado con cierta benevolencia un poco lastimosa, se sintió abochornado. Como el pastelero lo olvidaba, repitió:

-Deme los merengues- pero esta vez su voz había perdido vitalidad y Perico comprendió que, por razones que no alcanzaba a explicarse, estaba pidiendo casi un favor.

 

-¿Va a salir o no? – lo increpó el dependiente

 

-Despácheme antes.

 

-¿Quién te ha encargado que compres esto?

 

-Mi mamá.

 

-Debes haber oído mal. ¿Veinte soles? Anda a preguntarle de nuevo o que te lo escriba en un papelito.

 

Perico quedó un momento pensativo. Extendió la mano hacia el dinero y lo fue retirando lentamente. Pero al ver los merengues a través de la vidriería, renació su deseo, y ya no exigió sino que rogó con una voz quejumbrosa:

 

-¡Deme, pues, veinte soles de merengues!

 

Al ver que el dependiente se acercaba airado, pronto a expulsarlo, repitió conmovedoramente:

 

-¡Aunque sea diez soles, nada más!
El empleado, entonces, se inclinó por encima del mostrador y le dio el cocacho acostumbrado pero a Perico le pareció que esta vez llevaba una fuerza definitiva.

-¡Quita de acá! ¿Estás loco? ¡Anda a hacer bromas a otro lugar!
Perico salió furioso de la pastelería. Con el dinero apretado entre los dedos y los ojos húmedos, vagabundeó por los alrededores.
Pronto llegó a los barrancos. Sentándose en lo alto del acantilado, contempló la playa. Le pareció en ese momento difícil restituir el dinero sin ser descubierto y maquinalmente fue arrojando las monedas una a una, haciéndolas tintinear sobre las piedras. Al hacerlo, iba pensando que esas monedas nada valían en sus manos, y en ese día cercano en que, grande ya y terrible, cortaría la cabeza de todos esos hombres, de todos los mucamos de las pastelerías y hasta de los pelícanos que graznaban indiferentes a su alrededor.

FIN

Recorriendo el mundo por sus Himnos

Recorriendo el mundo por sus Himnos

 

Recorriendo el mundo por sus Himnos

 

Brasil

 

Ouviram do Ipiranga às margens plácidas
De um povo heróico o brado retumbante,
E o sol da liberdade, em raios fúlgidos,
Brilhou no céu da Pátrianesse instante,

Se o penhor dessa igualdade
Conseguimos conquistar com braço forte,
Em teu seio, ó, Liberdade,
Desafia o nosso peito a própria morte!

Ó Pátria amada, Idolatrada, Salve! Salve!

Brasil, um sonho intenso, um raio vívido,
De amor e de esperança à terra desce,
Se em teu formoso céu, risonho e límpido,
A imagem do Cruzeiro resplandece.

Gigante pela própria natureza,
És belo, és forte, impávido colosso,
E o teu futuro espelha essa grandeza.

CORO

Terra adorada, Entre outras mil,
És tu, Brasil, Ó Pátria amada!
Dos filhos deste solo és mãe gentil,
Pátria amada, Brasil!

Deitado eternamente em berço esplêndido,
ao som do mar e à luz do céu profundo,
Fulguras, ó Brasil, florão da América,
Iluminado ao sol do novo mundo!

Do que a terra mais garrida
Teus risonhos lindos campos tem mais flores,
«Nossos bosques tem mais vida»
«Nossa vida» no teu seio «mais amores».

Ó Pátria amada, Idolatrada, Salve! Salve!

Brasil, de amor eterno seja símbolo
O lábaro que ostentas estrelado,
E diga o verde-louro dessa flâmula
«Paz no futuro e glória no passado.»

Mas se ergues da justiça a clava forte,
Verás que um filho teu não foge à luta,
Nem teme, quem te adora, a própria morte.

 

Traducción

Allí fue oído, en los márgenes apacibles de Ipiranga,
el grito resonando de una gente heroica,
y el sol de la libertad, en los rayos brillantes,
brillando en este momento en los cielos de la patria.
La promesa de esta igualdad fue asegurada por
nuestros brazos fuertes, en su pecho,
libertad, estamos listos para morir.

¡Oh querida, idolizada patria, viva, viva!

El Brasil, un sueño vivo, un rayo animado
del amor y la esperanza coloca en la tierra,
como en su cielo hermoso, sonriendo y límpido,
la imagen de la cruz meridional brilla resplandeciente.
Un gigante por naturaleza, eres hermoso, fuerte,
un coloso intrépido y tu futuro refleja esta grandeza.

Patria te adoramos, entre mil tú eres la querida.
Eres la madre apacible de los hijos de esta tierra,
patria querida, el Brasil!

Eternamente puso en una horquilla espléndida,
al sonido del mar y la luz de las profundidades del cielo,
Brasil, destellas, flor de las Américas,
iluminado por el sol del mundo nuevo.
La sonrisa, los campos encantadores
tiene más flores que la tierra más atractiva de otra parte,
nuestros bosques tiene más vida,
nuestra vida en su pecho más amor.

¡ Oh querida, idolizada patria, viva, viva!

Brasil, tienes como eterno símbolo la bandera que ves,
y puede el laurel verde de este banderín
hablar de paz en el futuro y de gloria en el pasado.
Pero si levantas un garrote fuerte
en el nombre de la justicia,
verás que un hijo tuyo no se ejecuta,
ni lo hace quién le adora la muerte es propia.

Carta a mis muertos

Pedro Antonio de Alarcón

¡Ay del que en una y otra sepultura
prendas del alma sumergirse vio,
y ansioso tornó a  amar en su locura,
y otra vez y otra vez su bien perdió!

¡Ay de mi, que, rebelde y furibundo,
de la fe y del temor rompí los lazos,
y abarqué el universo…, y vi que el mundo
era un cadáver más entre mis brazos!
(Versos inéditos míos.)

PREFACIO

Ningún día del año, ninguno; ni el de San José, ni el de los Santos Reyes, ni el de año-nuevo, ni el viernes de Dolores, ni antes de emprender un viaje, ni después de un cambio político, ni en vísperas de elecciones, ni al salir de una enfermedad, ni cuando me entran ganas de ser Académico, ni a poco de contraer matrimonio, ni la mañana del estreno de un drama mío, ni al día siguiente de perder mi caudal al juego… (ya comprenderán ustedes que la mitad de estas cosas no me han sucedido ni una vez siquiera); nunca, en fin, es tan larga la lista de mi tarjetero, nunca me encuentro con tantas visitas que hacer, como el día de la Conmemoración de los Fieles Difuntos.

¡Y es que pocos hombres de mi edad habrá en la tierra que tengan con el cielo una cuenta tan larga como la mía!

De cuantos barcos eché a la mar, y fueron muchos… (hablo metafóricamente), apenas veo ya alguno que otro, roto y desarbolado por los huracanes, tendido y solo sobre las arenas de la playa. — Los demás se hundieron para siempre en el Océano.

Dice Quevedo, y dice bien:

No tanto me alegrárades con hojas

en los robres antiguos,

remos graves, como colgados en el Templo, y rotos!

¡Noble, filosófico, ascético pensamiento, digno de un espíritu de primer orden! Pero, si Quevedo estaba en lo firme, no es menos cierto que la Tierra se reduce ya para mí a un inmenso Campo-Santo. — Mi verdadera patria se encuentra ya ultra-tumba. — Cuando yo muera me figuraré que resucito. — Allá tengo muchas más relaciones que acá.

Por eso me agrada ir todos los años, tal día como hoy, a visitar el cementerio más próximo a mi casa. Poco me importa que el panteón sea este o aquél. La muerte es cosmopolita. — Donde quiera que hallo cruces, flores, cirios y coronas, allí creo que están mis muertos, los míos, mis predilectos finados, los seres que me abandonaron y cuya ausencia debiera llorar todos los días. — ¿No es cada Campo-Santo una colonia de esa patria de todos que se llama la Eternidad?

Y no voy a llorar…; porque ya no se estila hacerlo.

Ni a rezar…; porque nunca rezo en público.

Ni a dar limosna para misas; porque conozco a algunos sacerdotes que me las dicen de balde.

Voy a consolarme de no ser ministro, ni sabio, ni hermoso, ni banquero.

Y, de camino, felicito a mis difuntos y los entero de cuanto ocurre por aquí.

Pero ¡ay! este año son tantos mis quehaceres, que me es imposible ir a darles los días en persona.

Quédame dichosamente el moderno recurso del correo interior, y a él apelo, temeroso de que mis amigos del otro mundo se figuren que los he olvidado y mueran de pena, o , por mejor decir, resuciten…;— lo cual sería mucho más espantoso… para ellos.

Ved, pues, lo que les digo con esta fecha.

I

Amigo mío:

Tu mujer era una hipócrita: todas las promesas de eterno amor que te hizo durante la luna de miel, y todos los ofrecimientos de viudez perpetua que te dio a libar en tus últimos instantes, hanse convertido en un Capitán de caballería, con el cual se casará de un día a otro, si ya no se ha casado.

En mi concepto, la mujer que contrae segundas nupcias al año de enviudar, amaba a su marido lo bastante para procurarle un Cirineo si llega a tardar en morirse.

Yo te doy, pues, la enhorabuena por el tino que has mostrado rompiendo tan a tiempo los lazos que te unían a semejante Lucrecia Borgia, y te aconsejo que no contraigas ahí segundas nupcias, aunque la misma Semíramis te ofrezca su mano y Satanás se brinde a ser tu padrino.

Tuyo afectísimo, etc.

II

Mujer invencible, corazón de piedra, encantadora y terrible criatura, he asistido a tus funerales.

Te he vencido en generosidad. ¡Tú fuiste siempre implacable para mí! ¡Yo te he visto vencida por la muerte…, y he llorado!

¿Qué era ya de tu orgullo, de tu coquetería, de tu soberbia?

¡Allí estabas sin poder ninguno sobre mí, roca inexpugnable! Podía engreírme en tu sepulcro…, y arrojé en él una flor.

Pero ahora me engrío. — lAh! ¡Cómo he triunfado de tu esquivez! Ya no te deseo; ya no me atormenta tu imagen. Tú has dado por mí el salto de Léucades, y he curado de tu amor.

Horas enteras te he estado viendo tendida en el ataúd. Estabas tan desarmada por la muerte, que te compadecí. — ¡Oh! mi compasión te hubiera matado, si ya no estuvieras muerta!… ¡Yo, compasión de tí, reina mía! — Sí, la tuve.

Estabas fea, asquerosa…, y te dejé.

A mi regreso a casa, vi en el balcón a Dolores, y la saludé tiernamente… Me acordé de tí… y — ¡óyelo! — suspiré de nuevo.

Conque adiós: hasta el año que viene.

III

Muy señor mío: Hace algunos años, desde el borde del sepulcro, me prometió V. irónicamente venir, si podía, luego que muriese, a darme la razón, suponiendo que yo la tuviera, en nuestra constante polémica acerca de los destinos de la humanidad, de la existencia del espíritu, de la inmortalidad del alma.

Tenía V. ochenta años, y yo diez y ocho cuando remamos tan tremenda batalla. Usted era ateo, y yo creyente. V. se acercaba a la tumba diciéndome: Dentro de pocas horas habré vuelto al sueño de la nada…, y yo penetraba en la existencia diciéndole a V. : “Nuestra vida mortal es el verdadero sueño del espíritu, y con la muerte del cuerpo principiará el despertar del alma”

Han pasado algunos años desde que murió usted, y, aunque no me ha cumplido su promesa de aparecérseme una noche para contarme los reinos de ultra-tumba, debo decirle a usted que no por eso he dudado de que semejantes reinos existan.

Yo vi a V. arrojar el último suspiro entre una sonrisa de incredulidad, es cierto; pero con la calma del hombre valeroso y honrado cuya vida había sido un modelo de virtudes domésticas y sociales! —¡Hasta nunca! fueron las últimas terribles palabras que pronunció V., continuando así nuestra polémica desde las mismas regiones de la muerte. — Hasta luego, le contesté yo a V. cerrando sus ojos con mi cariñosa mano.

Usted no me oía ya. El problema estaba resuelto para su alma. Acababa V. de morir.

Entonces coloqué mi mano sobre su fría y calva frente, que tan altiva se alzaba al cielo pocos momentos antes, y medité: — «¿Dónde está (me dije) aquel espíritu de investigación que tenía aquí su asiento? Aquella idea inmensa que llenaba los espacios y los siglos, y llevaba aún más lejos su curiosidad sublime, ¿dónde está? — ¿En este cadáver? — No. — Pues ¿dónde?»

¡Oh! si V. se hubiera visto tan triste, tan yerto, tan mudo, tan solemne en su inmovilidad, tan diferente de como siempre había sido…, habría creído en la ausencia de su alma!…

Por lo demás, enterramos su cuerpo de usted en la dura tierra, como V. había deseado.

Y el cuerpo se convertiría en seguida en gusanos, en frondosa yerba, en azulado fósforo, etc., etc., como V. había previsto.

Y yo me afirmé más y más en la creencia de que su alma de V. seguía viva, al reparar en la indiferencia y el despego que me inspiró su cuerpo de V. desde el momento que lo abandonó el espíritu.

Hasta la vista, pues, señor difunto.

IV

 

Mi buen amigo:

Tus hermanas dejaron tu luto a los seis meses.

A la semana siguiente las vi en un baile.

V

Apreciable camarada, estimado sido, querido ex-ser:

No sientas haber dejado este mundo. En los tres años que faltas de él, nada ha ocurrido que pueda darte dentera por no haberlo presenciado.

Todo sigue lo mismo: sólo las mangas de las levitas han cambiado: ahora se llevan un poco más estrechas.

La Eleuteria se casó.

Cómoda tropezó al fin, realizando tus pronósticos.

Dámasa se ha hecho mujer, y gusta mucho.

Nuestro terrible Canuto cayó al fin en las redes del matrimonio.

Ninguna novia tuya se acuerda de tí.

Nosotros vamos al café a las mismas mesas que cuando tú vivías, y se nos pasan semanas enteras sin recordarte ni por casualidad.

Tu hermano hace conquistas luciendo tu reloj y tu paraguas.

La política lo mismo: la dificultad en pié.

No hay actrices nuevas.

Seguimos despreciados por toda Europa y por toda América.

Los marroquíes y los mejicanos nos siguen insultando impunemente.

Ni Portugal ni Gibraltar han sido reincorporados a la madre España.

 

Las zarzuelas no han desaparecido todavía, ni han engendrado la ópera española.

Ya habrás visto ahí a alguno de nuestros amigos. Hablé a Carlos en sus últimos momentos y le encargué expresiones para tí.

Supongo que estarás en el Infierno, y que por lo tanto no habrás visto a un ángel que he perdido y que morará en la Gloria.

Di me si Satanás se parece a la pintura que de él hizo Milton.

Yo espero ir al Purgatorio, o, por mejor decir, ya estoy en él.

Tu drama sigue muy aplaudido. — ¿Te sirve de algo la gloria póstuma?

VI

Mi bondadoso y apreciable acreedor:

¡Con que se murió V…!

¡Dios lo tenga en su gloria!

¿Me perdona V. la deuda? — ¿Sí? — ¡Toma!… ¡Ya lo esperaba yo de su generosidad!!!

Dígame V., ¿hay algo de cierto en lo de la metempsícosis? — ¡Hombre… cuidado! ¡No sea V. atroz! ¡No vuelva V. a nacer, por María Santísima!

¿Quiere V. creerme? Hasta que murió usted estuve persuadido de que había hombres inmortales… (¡No es broma!) — Y desde que ha muerto V., siento creer en la inmortalidad del alma.

Conque… hasta el valle de Josafat…, donde me excusaré de pagarle…, porque…, como resucitará V. desnudo…, no tendrá bolsillo en que meterse el dinero.

¡Abur!

VII

Joven suicida:

Os matasteis… ¿y qué?

Las gacetillas de Madrid hablaron pedagógicamente del asunto.

Yo he olvidado ya vuestro nombre: — lo olvidé al minuto de leerlo.

Vuestra coqueta querida se convenció de que erais un adversario indigno de ella, y sonrió con desprecio.

Vuestra madre está loca de dolor.

¡Sois un infame!

¡Sois un mezquino!

Lo segundo es peor que lo primero.

Pues tan filósofo erais; pues tanto despreciabais la vida, ¿por qué no moristeis como Eróstrato?

Así, al menos, hubierais llegado a la posteridad.

¡Qué! ¿No hay ya ningún Templo de Diana que quemar para hacerse célebre?

¿No sabíais la historia del Lagarto de Jaen?

VIII

Muy señor mío y de mi mayor consideración:

Mucho tiempo hace que no lee V. los periódicos.

Antes, todas las mañanas, en la cama, después del chocolate, se aprendía V. de memoria el correo extranjero de El Clamor Público, y se levantaba V. tan satisfecho como si acabara de recorrer toda la Europa…

¿Cómo puede V. pasarse ahora sin saber lo que sucede en estos mundos de Dios?

IX

 

  1. Dimas:

¡Esto es un sacrilegio! Mi amigo Luis derrocha el caudal que reunisteis grano a grano.

Vuestra avaricia ha engendrado su prodigalidad.

¡Qué abnegación la vuestra, D. Dimas! — Vivisteis en bohardilla por ahorrar dinero, y este dinero paga hoy un cuarto principal en que habita vuestro sobrino.

Vos comíais arenques: él come salmón.

Vos no fuisteis nunca al teatro: él va todas las noches.

Y vuestro oro, vuestro amarillo, vuestro reluciente, vuestro querido oro, vuestras rancias peluconas, corren que es un portento de garito en garito, de lupanar en lupanar.

¿Cómo no resucitáis, D. Dimas, y recogéis vuestro dinero, y os coméis a vuestro sobrino?

 

X

 

Duque:

Tu lacayo tiene la insolencia de vivir más que tú. — Él toma el sol, respira el aire y va al teatro de la Zarzuela, mientras que a tí te comen los gusanos…

¡Duque! ¡Señor duque!

XI

¡Duermes al fin!… — ¡Ah! sí, descansa, descansa en paz!

¡Ya eres más dichosa que yo!

Cuando mi aparente dicha hería como un sarcasmo tu infortunio;

Cuando tus desventuras me vengaban;

Cuando un prematuro otoño te brindaba frutos enfermizos, que no eran la cosecha de la vida, sino los esqueletos de sus flores;

Cuando, sin fe, sin amor, sin esperanza, era tu porvenir una maldición, tu pasado un remordimiento, tu presente un páramo de horribles decepciones;

Cuando, perdida la juventud del alma y la frescura del cuerpo, te mirabas y no te conocías, me mirabas y llegabas a conocerme, y a temblar, y a arrepentirte;

Cuando el mundo se desprendía de ti, coma de una hoja seca;

Cuando yo mismo apartaba los ojos de tu belleza profanada, y confiaba en olvidarte, y ponía hacia otras regiones el rumbo de mis días, y te dejaba sola en tu desesperación, — como quien abandona una isla desierta;

Cuando tú te convenciste dolorosamente de que yo (tu primero y último amigo, el más fiel, el más generoso), también te desahuciaba, también te huía…

¡Ah! ¿qué te restaba sino morir?

Moriste a tiempo. — Los ojos de la Misericordia se han vuelto hacia el último instante de tu vida, y lágrimas y flores y bendiciones te han acompañado a la tumba!

¡Has sabido morir! — ¡Duerme en paz! ¡Reposa, reposa, al fin, después de tan deshechas tempestades!

Ya estás redimida: tu sepulcro es tu pedestal, — y, por la vez primera después de muchos años en que el orgullo me ha servido de mordaza, puedo decirte sin sonrojarme esta verdad, única de tu vida, que tanto te hubiera consolado en la hora de tu muerte:

¡Nunca dejé de amarte!

Madrid 1855.

 

Juicio por asesinato

Charles Dickens

He observado siempre el predominio de una falta de valor, incluso entre personas de cultura e inteligencia superiores, para hablar de las experiencias psicológicas propias cuando éstas han sido de un tipo extraño. Casi todos los hombres tienen miedo de que las historias de este tipo que puedan contar no encuentren paralelo o respuesta en la vida interior de quien les oye, y, por tanto, sospechen o se rían de ellos. Un viajero sincero que hubiera visto un animal extraordinario parecido a una serpiente marina no tendría miedo alguno a mencionarlo; pero si ese mismo viajero hubiera tenido algún presentimiento singular, un impulso, un pensamiento caprichoso, una (supuesta) visión, un sueño o cualquier otra impresión mental notable, se lo pensaría mucho antes de mencionarlo. Atribuyo en gran parte a esa reticencia la oscuridad en la que se encuentran implicados estos temas. No comunicamos habitualmente nuestra experiencia de estas cosas subjetivas lo mismo que lo hacemos con nuestras experiencias de la creación objetiva. Como consecuencia, la experiencia general a este respecto parece algo excepcional, y realmente es así por cuanto es lamentablemente imperfecta.

En lo que voy a relatar no tengo intención de plantear, refutar o apoyar teoría alguna. Conozco la historia del librero de Berlín. He estudiado el caso de la esposa de un miembro ya fallecido de la Sociedad Astronómica Real tal como lo cuenta Sir David Brewster, y he seguido minuciosamente los detalles de un caso mucho más notable de ilusión espectral que se produjo en mi círculo de amigos íntimos. En cuanto a esto último quizá sea necesario afirmar que quien lo sufrió (una dama) no estaba relacionada conmigo ni siquiera mínimamente. Una suposición equivocada a ese respecto podría sugerir una explicación de una parte de mi propio caso, pero sólo de una parte, que carecería totalmente de fundamento. No puede hacerse referencia a que haya heredado yo alguna peculiaridad desarrollada, ni he tenido antes en absoluto experiencia similar alguna, ni la he tenido tampoco desde entonces.

Hace muchos años, o muy pocos, que eso no importa ahora nada, se cometió en Inglaterra cierto asesinato que llamó mucho la atención. Nos enteramos de más asesinatos de los necesarios conforme se van sucediendo y aumentando su atrocidad, y de haber podido habría enterrado el recuerdo de aquel animal particular al tiempo que su cuerpo era enterrado en la cárcel de Newgate. Me abstengo intencionadamente de proporcionar la menor pista directa respecto al criminal.

Cuando se descubrió el asesinato no recayó ninguna sospecha sobre el hombre que más tarde fue llevado a juicio, o más bien debería decir, en el deseo

de acercarme lo más posible a la precisión en mis hechos, que en ninguna parte se sugirió públicamente que se tuviera tal sospecha. Como en aquel momento no se hizo referencia alguna a él en los periódicos evidentemente era imposible que se incluyera en ellos alguna descripción del asesino. Resulta esencial que se tenga en cuenta este hecho.

Cuando abrí durante el desayuno el periódico de la mañana incluía el relato de ese primer descubrimiento y me resultó profundamente interesante por lo que lo leí con la máxima atención. Lo leí do: veces, sino tres. El descubrimiento se había hecho en un dormitorio, y cuando dejé el periódico tuve un destello, un impulso, en realidad no sé cómo llamarlo, pues no encuentro palabra alguna que lc describa satisfactoriamente, en el que me pareció ver que ese dormitorio pasaba a través de mi habitación, como si un cuadro, por imposible que parezca, hubiera sido pintado sobre la corriente de un río Aunque cruzó mi habitación de una manera casi instantánea, resultaba perfectamente claro; tan claro que observé perfectamente, con una sensación di alivio, que el cadáver no estaba en la cama.

Donde tuve esta curiosa sensación no fue en un lugar romántico, sino en mis habitaciones de Picca dilly, muy cerca de la esquina de St. James Street Para mí fue algo totalmente nuevo. En ese momento: me encontraba sentado en mi butaca y la sensación se acompañó de un peculiar estremecimiento que cambió aquella de sitio. (Aunque hay que tener et cuenta que la butaca podía moverse fácilmente sobra unas ruedecillas). Me dirigí a una de las ventanas (la habitación, situada en el segundo piso, tenía dos ventanas) para descansar la vista viendo el movimiento de Piccadilly. Era una hermosa mañana otoñal y la calle estaba alegre y centelleante. Soplaba el viento. Al mirar hacia fuera, observé que el viento sacaba del parque una buena cantidad de hojas caídas que una ráfaga arrastró y formó con ellas una columna espiral. Cuando la columna cayó y se dispersaron las hojas, vi a dos hombres al otro lado del camino, que iban desde el oeste hacia el este. Uno iba detrás del otro. El primero se volvía a menudo para mirar por encima del hombro. El segundo le seguía a una distancia de unos treinta pasos, con la mano derecha levantada amenazadoramente. Atrajo primero mi atención la singularidad y fijeza del gesto amenazador en un lugar tan público; y después la circunstancia notable de que nadie le prestara atención. Ambos hombres seguían su camino entre los otros viandantes con una suavidad que no resultaba coherente ni siquiera con la acción de caminar sobre una acera; y que yo pudiera ver ni una sola persona les cedía el paso, les tocaba o les miraba. Al pasar ante mi ventana, ambos miraron hacia arriba, hacia mí. Contemplé los dos rostros con gran claridad y supe que sería capaz de reconocerlos en cualquier lugar. Y no es que observara conscientemente algo que fuera muy notable en alguna de sus caras, salvo que el hombre que iba el primero tenía una apariencia inusualmente humilde, y el rostro del hombre que le seguía tenía el color de cera sucia.

Soy soltero y mi ayuda de cámara y su esposa constituyen todo el servicio. Trabajo en una sucursal bancaria y ojalá que mis deberes como jefe de departamento fueran tan escasos como popularmente se supone. Ese otoño me obligaron a permanecer en la ciudad, cuando yo necesitaba un cambio. No estaba enfermo, pero tampoco me sentía muy bien. Al lector le corresponde extraer las consecuencias que parezcan razonables del hecho de que me sentía fatigado, la vida monótona me producía una sensación depresiva y estaba «ligeramente dispéptico». Mi doctor, un hombre de fama, me aseguró que mi estado de salud en aquella época no justificaba una descripción más poderosa, y cito lo que él mismo me describió por escrito cuando se lo solicité. Conforme las circunstancias del asesinato fueron revelándose gradualmente y atrayendo cada vez más poderosamente la atención del público, las aparté de mi propia atención enterándome de ellas lo menos posible en medio de la excitación general. Pero sabía que se había dictado un veredicto de homicidio voluntario contra el supuesto asesino, y que había sido conducido a Newgate hasta el juicio. Sabía también que su juicio se había pospuesto hasta una de las sesiones del Tribunal Criminal Central, basándose en prejuicios generales y en la falta de tiempo para la preparación de la defensa. Pude también saber, aunque no lo creo, en qué momento se celebrarían las sesiones del juicio pospuesto.

Mi sala de estar, el dormitorio y el vestidor están todos en el mismo piso. Con el vestidor sólo hay comunicación a través del dormitorio. La verdad es que en él hay una puerta que en otro tiempo comunicaba con la escalera, pero desde hacía años una parte de las tuberías de mi baño pasaba por ella. En ese mismo período, y como parte del mismo arreglo, la puerta había sido claveteada y recubierta de lienzo.

Una noche me encontraba de pie en mi dormitorio, a una hora tardía, dando unas instrucciones a mi criado antes de que éste se acostara. Me encontraba de cara a la única puerta disponible de comunicación con el vestidor, que estaba cerrada. Mi criado le daba la espalda a esa puerta. Mientras le estaba hablando vi que se abría y que un hombre miraba hacia el interior, haciéndome señas en una actitud de ansiedad y misterio. Era el mismo hombre que iba en segundo lugar por Piccadilly, y cuyo rostro tenía el color de cera sucia.

Tras hacerme señas, retrocedió y cerró la puerta. Sin mayor retraso que el necesario para cruzar el dormitorio, abrí la puerta del vestidor y miré en el interior. Llevaba ya una vela encendida en la mano. No tuve ninguna expectativa interior de que fuera a ver a esa persona en el vestidor, y no la vi allí.

Dándome cuenta de que mi criado parecía sorprendido, me volví hacia él y le dije:

-Derrick, ¿pensará que conservo el sentido si le digo que creí ver un…?

 

Mientras estaba allí, le puse una mano sobre el pecho y con un sobresalto repentino se puso él a temblar violentamente y contestó:

-¡Oh, señor, claro que sí, señor! ¡Un cadáver haciéndole señas!

Estoy convencido de que Jo hn Derrick, mi criado fiel durante más de veinte años, no tuvo la menor impresión de haber visto esa aparición hasta que le toqué. Cuando lo hice, el cambio que se produjo en él fue tan sorprendente que creo absolutamente que obtuvo su impresión, de alguna manera oculta, a través de mí y en ese preciso instante.

Le pedí a Jo hn Derrick que trajera un poco de brandy y le di una copa, alegrándome de tomar yo otra. De lo que había sucedido antes del fenómeno de aquella noche no le conté una sola palabra. Reflexionando sobre ello, estaba absolutamente seguro de que nunca antes había visto ese rostro, salvo en aquella ocasión en Piccadilly. Comparando la expresión que tenía al hacerme señas desde la puerta con la expresión en el momento en que levantó la vista para mirarme, mientras yo estaba de pie junto a la ventana, llegué a la conclusión de que en la primera ocasión había tratado de adherirse a mi recuerdo, y de que en la segunda había querido asegurarse de que lo recordaba inmediatamente.

Aquella noche no me resultó muy cómoda, aunque tenía la certidumbre, difícil de explicar, de que la aparición no regresaría. Cuando llegó la luz del día caí en un sueño profundo del que me despertó John Derrick, que vino junto a mi cama con un papel en la mano.

Por lo visto ese papel había sido motivo de un altercado en la puerta entre su portador y mi criado.

Se me citaba en él para que sirviera como jurado en la siguiente sesión del Tribunal Criminal Central, en el Old Bailey. Como Jo hn Derrick sabía bien, nunca antes me habían citado para ese jurado. Mi criado estaba convencido, aunque en este momento no estoy seguro de si tenía razón o no, de que los jurados que se elegían habitualmente tenían una calificación social inferior a la mía, y por eso se había negado en principio a aceptar la citación. El hombre que la llevaba se tomó el asunto con gran frialdad. Afirmó que mi asistencia o no le importaba en absoluto; la citación estaba allí y el atenderla o no era un riesgo mío, no suyo.

Durante uno o dos días dudé si debía responder a esa llamada o no hacerle caso. No era consciente de que se estuviera produciendo la menor atracción, influencia o desviación misteriosa. De eso estoy tan absolutamente seguro como de cualquier otra afirmación que haga aquí. Finalmente decidí que asistiría porque significaría una interrupción en la monotonía de mi vida.

El día designado fue una mañana fría del mes de noviembre. En Piccadilly había una niebla densa y oscura que se volvió claramente negra en los alrededores opresivos del Tribunal de Temple. Los pasillos y escaleras del Palacio de justicia me parecieron resplandecientemente iluminados con gas, y el propio tribunal estaba similarmente iluminado. Creo que hasta que fui conducido por los oficiales al tribunal antiguo y lo vi abarrotado de gente no sabía que ese día iba a juzgarse al asesino. Creo que hasta que me ayudaron a entrar en el tribunal antiguo con considerable dificultad, no sabía a cuál de los dos tribunales se me había citado. Pero no hay que toma esto como una afirmación rotunda, pues no esto; totalmente seguro de que fuera así.

Tomé asiento en el lugar designado para que aguardaran los jurados y miré a mi alrededor en e tribunal lo mejor que pude a través de la espesa nube de niebla y alientos. Observé un vapor negro que colgaba como una cortina lóbrega por la parte exterior de los grandes ventanales, y observé y presté atención al sonido ahogado de las ruedas sobre la paja o el cascajo que cubrían la calle; presté también atención al murmullo de las personas que allí se reunían, y que traspasaba de vez en cuando un silbido agudo, o un saludo o una canción más fuertes que el resto. Poco después entraron los jueces que eran dos, y tomaron asiento. El zumbido de tribunal decayó mucho. Se ordenó que entrara e asesino. Y en el mismo instante en el que entró re conocí en él al primero de los dos hombres que habían bajado por Piccadilly.

Si en ese momento hubieran pronunciado un nombre dudo que hubiera sido capaz de responde de forma audible. Pero lo pronunciaron en sexto octavo lugar, y para entonces fui capaz de decir «presente!» Y ahora, preste atención el lector. Cuando m dirigí hacia mi asiento de jurado el prisionero, que había estado mirándolo todo atentamente pero si dar signo alguno de preocupación, se agitó violentamente y llamó por señas a su abogado. El deseo de prisionero de recusarme resultaba tan manifiesto que produjo una pausa durante la cual el abogado, apoyando una mano en el banquillo de los acusados, habló en susurros con su cliente mientras sacudía la cabeza. Más tarde, aquel caballero me dijo que las primeras palabras aterradas que le dijo el prisionero fueron: «¡Sea como sea, recuse a ese hombre!», pero como no le daba razón alguna para ello, y admitió que ni siquiera conocía mi nombre hasta que lo pronunciaron en voz alta y yo me presenté, no lo hizo.

Por las razones ya explicadas, la de que deseo evitar el revivir el recuerdo desagradable de ese asesino, y también que un relato detallado de su largo juicio no es en absoluto indispensable para mi narración, me limitaré a aquellos incidentes que se relacionan directamente con mi curiosa experiencia personal y se produjeron en los diez días y noches durante los que los miembros del jurado estuvimos juntos. Trato de que mi lector se interese por eso, y no por el asesino. Es a eso, y no a una página del calendario de Newgate, a lo que pido al lector que preste atención.

Me eligieron presidente del jurado. En la segunda mañana, después de que se hubieran presentado pruebas durante dos horas (lo sé porque oí las campanadas del reloj de la iglesia), al recorrer con la mirada a mis compañeros del jurado* me resultó inexplicablemente difícil contarlos. Lo hice así varias veces, pero siempre con la misma dificultad. En resumen, contaba uno de más.

Toqué al miembro del jurado que se sentaba junto a mí y le susurré:

-Le ruego que haga el favor de contarnos. Pareció sorprenderse con la petición, pero giró la cabeza y contó el número de miembros.

-Bueno -contestó de pronto-, somos tres…, pero, no, no es posible. No. Somos doce.

De acuerdo con las cuentas que hice aquel día-, teníamos siempre razón en el detalle, pero en la cuenta general siempre nos salía uno de más. No había ninguna aparición ni figura que pudiera explicarlo, pero para entonces tenía ya interiormente la sensación de que la aparición estaba implicad en el error.

El jurado se albergaba en la London Taverr Dormíamos todos en una sala amplia sobre mesa separadas, y estábamos constantemente a cargo bajo la vigilancia del oficial que había jurado mar tenernos a salvo. No veo razón alguna para no incluir el nombre auténtico de ese oficial. Era inteligente, muy cortés y servicial, y también (de lo que me alegré al enterarme) muy respetado en la ciudad Tenía una presencia agradable, ojos hermosos, un-, envidiables patillas negras y una voz agradable y sonora. Se llamaba señor Harker.

Cuando por la noche se iba cada uno de los do( a su cama, colocaban la del señor Harker cruzada e la puerta. En la noche del segundo día, como no m apetecía acostarme y vi al señor Harker sentido e su cama, me acerqué y me senté junto a él, ofreciéndole un pellizco de rapé. En cuanto la mano del señor Harker tocó la mía al coger el rapé de la caja, sacudió un estremecimiento peculiar y pregunte

-¿Quién es ése?

Miré la habitación siguiendo la dirección de los ojos del señor Harker y vi de nuevo la figura que esperaba: al segundo de los dos hombres que habían bajado por Piccadilly. Me levanté y avancé unos pasos; después me detuve y, dándome la vuelta, miré al señor Harker. Parecía despreocupado, se echó a reír y comentó con un tono agradable:

-Pensé por un momento que teníamos otro miembro del jurado, y que le faltaba una cama. Pero me doy cuenta de que fue un reflejo de la luna.

No hice revelación alguna al señor Harker, pero le invité a que paseara conmigo hasta el extremo de la habitación y observé lo que hacía la figura. Se quedaba en pie unos momentos junto a la cama de cada uno de los miembros del jurado, cerca de la almohada. Se colocaba siempre al lado derecho de la cama, y siempre también cruzaba hasta la cama siguiente pasando por los pies. Por la acción de su cabeza parecía que simplemente se quedaba mirando pensativamente a cada uno de los jurados acostados. No me prestó atención a mí, ni mi cama, que era la más próxima a la del señor Harker. Después dio la impresión de salir por donde entraba la luz de la luna, a través de un alto ventanal, como si subiera por un tramo de escaleras situado en el aire.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, descubrimos que todos los presentes, salvo el señor Harker y yo, habían soñado la noche anterior con el hombre asesinado.

Estaba ya convencido de que el segundo hombre que había bajado por Piccadilly era el asesinado (por así decirlo), como si su testimonio inmediato así me lo hubiera hecho saber. Pero aun así aquello sucedía de una manera para la que yo no me encontraba preparado.

Durante el quinto día del juicio, cuando el fiscal estaba terminando su caso, presentó una miniatura del asesinado que faltaba en su dormitorio cuando se descubrió el hecho y que después fue encontrada en un lugar oculto en el que el asesino había sido visto cavando en el suelo. Tras ser identificada por el testigo, la presentaron al tribunal y luego la pasaron al jurado para que éste la inspeccionara. Mientras un oficial vestido con una túnica negra se dirigía con la miniatura hacia mí, la figura del segundo hombre que había bajado impetuosamente por Piccadilly surgió de la multitud, le cogió la miniatura al oficial y me la entregó con sus propias manos, al mismo tiempo que en un tono bajo y hueco me decía antes de que yo viera la miniatura, metida en una caja:

-Entonces yo era más joven, y la sangre no faltaba en mi rostro.

Después se interpuso entre mí y el jurado al que yo entregué la miniatura, y entre éste y el siguiente, y así entre todos hasta que la miniatura volvió a mí. Sin embargo, ninguno de los miembros del jurado lo detectó.

En la mesa, y en general cuando nos encerrábamos bajo la custodia del señor Harker, como era natural, hablábamos mucho rato sobre las diligencias del día. En el día quinto el fiscal cerró el caso por lo que, como esa parte de la cuestión se había completado ante nosotros, nuestra discusión fue más animada y seria. Había entre nosotros uno de los idiotas de inteligencia más cerrada que he visto nunca, que recibía la evidencia más clara con las objeciones más absurdas, y a quien le ayudaban dos flojos parásitos parroquiales; los tres pertenecían a las listas de jurados de un distrito tan atacado por la fiebre que debían haber juzgado a quinientos asesinos. Hacia la media noche, que era cuando algunos de nosotros nos disponíamos ya a acostarnos y esos zopencos enredones armaban mayor alboroto, vi de nuevo al asesinado. Estaba de pie tras ellos, ceñudo, y me hizo señas. Al ir hacia ellos e irrumpir en la conversación, desapareció inmediatamente. Ése fue el inicio de una serie de apariciones producidas en la larga habitación en la que éramos confinados. Siempre que un grupo de jurados se unía a conversar, veía entre ellos la cabeza del asesinado. Y siempre que la comparación de notas que hacían iba en contra de él, me hacía señas de una manera solemne e irresistible.

Recuérdese que hasta el quinto día del juicio, en el que se presentó la miniatura, nunca había visto la aparición en el tribunal. Cuando la defensa empezó el caso se produjeron tres cambios. Me referiré primero a dos de ellos. La figura aparecía ahora continuamente en el tribunal, y nunca se dirigía a mí, sino siempre a la persona que estaba hablando en ese momento. Por ejemplo: a la víctima le habían abierto la garganta. En el discurso inicial de la defensa se sugirió que el propio fallecido se la podía haber cortado a sí mismo. En ese mismo momento la figura, con la garganta en la terrible condición que acababa de describirse (y eso lo había ocultado antes), se puso de pie junto al codo del que hablaba, moviendo hacia un lado y otro la tráquea, una vez con la mano derecha y otra con la izquierda, sugiriendo vigorosamente a quien hablaba la imposibilidad de que se hubiera podido infligir a sí mismo la herida con cualquier mano. En otro caso, cuando un testigo de conducta, una mujer, informaba que el prisionero era muy amable con la humanidad, en ese instante la figura se plantó en el suelo delante de ella, le miró directamente a la cara y señaló el semblante maligno del prisionero extendiendo el brazo y un dedo.

El tercer cambio, al que me referiré ahora, fue el que de manera más marcada y notable me impresionó. No voy a teorizar sobre él; lo expreso con precisión, y nada más. Aunque la aparición no era percibida por aquellos a los que se dirigía, cuando se acercaba éstos invariablemente se alarmaban y turbaban. Tuve la impresión de que era como si unas leyes que yo desconocía le impidieran revelarse plenamente a los demás, pero que al mismo tiempo pudiera afectar sus mentes de una manera visible, silenciosa y oscura. Cuando el defensor principal sugirió la hipótesis del suicidio, y la figura se plantó junto al codo de tan ilustrado caballero, haciendo terribles gestos como si se estuviera cortando la garganta, es innegable que el defensor titubeó en su discurso, perdió durante varios segundos el hilo de su ingeniosa argumentación, se limpió la frente con el pañuelo y se puso extremadamente pálido. Cuando la testigo de conducta estuvo delante de la aparición, siguió con los ojos la dirección que le señalaba el dedo, contemplando con gran vacilación y turbación el rostro del prisionero. Bastarán dos ejemplos adicionales. En el octavo día del juicio, tras una pausa que se hacía siempre a primera hora de la tarde para descansar y refrescarnos unos minutos, regresé a la sala del juicio con los demás miembros del jurado poco antes de que entraran los jueces. Encontrándome de pie en la zona que nos estaba destinada y mirando a mi alrededor, pensé que la figura no estaba allí, hasta que elevé mis ojos a la galería y la vi inclinada hacia delante sobre una mujer de apariencia muy decente, como si tratara de asegurarse de si los jueces habían ocupado o no sus asientos. Inmediatamente después, la mujer lanzó un grito, se desmayó y tuvieron que sacarla. Lo mismo sucedió con el venerable, sagaz y paciente juez que dirigía el juicio. Cuando terminado el caso se concentraba en sus papeles para el resumen, la víctima, entrando por la puerta del juez, avanzó hasta la mesa de su señoría y miró ansiosamente por encima del hombro de éste las páginas de notas que iba pasando. Entonces se produjo un cambio en el rostro de su señoría; su mano se detuvo; tuvo ese estremecimiento peculiar que yo conocía tan bien, y exclamó con vacilación:

-Caballeros, excúsenme unos momentos. Me siento algo oprimido por el aire viciado -y tras decir eso, no se recuperó hasta beber un vaso de agua.

A lo largo de la monotonía de seis de aquello diez interminables días (los mismos jueces y ayudantes en el tribunal, el mismo asesino en el banquillo de los acusados, los mismos abogados en la mesa, el mismo tono de preguntas y respuestas elevándose hasta el techo de la sala, el mismo ruido que hacía la pluma del juez, los mismos ujieres saliendo, y entrando, las mismas luces que se encendían a la misma hora, cuando todavía brillaba la luz natural de día, la misma cortina neblinosa en el exterior d los grandes ventanales cuando había niebla, la misma lluvia goteando y produciendo un ruido acompasado cuando llovía, un día tras otro las mismas huellas de los vigilantes y el prisionero sobre el mismo serrín, las mismas llaves cerrando y abriendo las mismas pesadas puertas), a través de toda esta fatigosa monotonía que me hacía sentirme como si fuera el presidente del jurado desde hacia muchísimo, tiempo, y Piccadilly hubiera florecido al mismo, tiempo que Babilonia, el asesinado no perdió nunca un solo rasgo de claridad ante mis ojos, ni fue e momento alguno menos evidente y perceptible que cualquier otra persona que allí hubiera. No debe, omitir, pues es un hecho, que nunca vi que la aparición a la que doy el nombre de asesinado mirara asesino. Una y otra vez me preguntaba por el motivo de que no lo hiciera, pero el hecho es que nunca lo hizo.

Tampoco volvió a mirarme a mí desde que sacaron la miniatura hasta los últimos minutos del juicio. Nos retiramos a deliberar a las diez horas menos siete minutos de la noche. El idiota del grupo y los dos parásitos de su parroquia nos dieron tantos problemas que por dos veces regresamos al tribunal para rogar que nos leyeran de nuevo determinados extractos de las notas del juez. Nueve de nosotros no teníamos la menor duda sobre los pasajes, ni creo que la tuviera nadie del tribunal; sin embargo, el triunvirato de zopencos no tenía otro propósito que el de la obstrucción, y discutían por cualquier motivo. Al final prevaleció nuestra opinión y el jurado volvió a entrar en la sala a las diez y doce minutos.

El asesinado estaba en ese momento en pie directamente enfrente del jurado, al otro lado de la sala. Cuando ocupé mi lugar, posó sus ojos en mí con la mayor atención; pareció satisfecho y lentamente agitó un enorme velo gris que por primera vez llevaba sobre el brazo, sobre la cabeza y sobre toda su figura. Cuando pronuncié el veredicto, «culpable», desapareció el velo y con él todo lo que cubría, quedando vacío ese espacio.

Cuando el juez preguntó al asesino, según la costumbre, si tenía algo que añadir antes de que se dictara la sentencia de muerte, pronunció vagamente algo que en los titulares de los periódicos del día siguiente fue descrito como «unas palabras audibles a medias, incoherentes y vagas en las que creyó entenderse que se quejaba de no haber tenido un juicio justo, porque el presidente del jurado estaba predispuesto contra él». La notable declaración que hizo realmente fue ésta: «Señor, sabía que era un hombre condenado desde el momento en que entró el presidente del jurado. Señor, sabía que nunca me dejaría libre porque antes de apresarme apareció junto a mi cama por la noche, me despertó y puso una soga alrededor de mí cuello».

La literatura otomí

Las páginas que el padre Sahagún consagra a los otomíes en el texto náhuatl del Códice Florentino Florentine Codex: General history of the things of New Spain, Santa Fe, Nuevo México, 1961, pp. 176-181 (Libro 10). reflejan la opinión —por cierto poco favorable— que los informantes aztecas de alto linaje tenían acerca de ese grupo étnico. Aunque reconocían que los otomíes tenían un modo de vivir civilizado (tlacanemiliztli) en su vestir, que las enaguas y los huipiles de sus mujeres eran de buena calidad (qualli in incue, in inuipil), que en sus pueblos tenían sacerdotes, que los jefes se adornaban con chalchihuitl, concha y hasta oro, por otra parte no dejaban de exponer los defectos intelectuales y morales de esos indígenas. El otomí típico era considerado como esencialmente estúpido, «cabeza pesada» (quatilacpol). La misma palabra «otomí» era tenida por un insulto. Los aztecas se reían de las costumbres otomíes: las muchachas que se adornaban con plumas las piernas y los brazos, las mujeres ancianas que se pintaban los dientes, los hombres perezosos y borrachos, comedores de lagartijas y de chapulines. Las costumbres matrimoniales y la vida sexual de los otomíes eran también objeto de críticas de parte de los aztecas.Florentine Codex, op. cit., p. 181.

Al mismo tiempo se debe notar que a los otomíes se les reconocía valor como guerreros y como poetas. Otomitl era un título militar. Los otomíes formaban parte del ejército tlaxcalteca que opuso una fuerte resistencia a Cortés y a sus españoles.

En lo que toca a las actividades literarias, es interesante y hasta paradójico que los aztecas, a pesar de tener tan baja apreciación de los otomíes, admitían como digna de consideración una categoría de poemas, los otoncuicatl, «cantos otomíes».Georges Baudot, Les lettres précolombiennes, Toulouse, ed. del autor, 1976, p. 69. Desgraciadamente no tenemos ningún texto de otoncuicatl ni en otomí ni en traducción náhuatl. En Sahagún,Fray Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España, vol. V, México, Editorial Pedro Robredo, 1938, p. 106. otontecuti ycuic, está traducido de un original otomí o tal vez inspirado por los ritos relacionados con el culto del dios del fuego «señor otomí», es decir, la deidad que presidía a la fiesta del xócotl uetzi en el décimo mes del año religioso. La primera estrofa del himno es oscura, a tal grado que el sabio etnólogo alemán Seler no se arriesgó a traducirla. Pero se puede notar que la palabra onoalico, probablemente equivalente de nonoualco, significa «en el país de habla extranjera», y debe referirse a la región donde se hablaba otomí al norte de Tenochtitlan.

El pueblo otomí es, sin ninguna duda, uno de los más antiguos de México,Jacques Soustelle, La famille otomi-pame du Mexique central, París, Institut d’Ethnologie, 1937, pp. 450-599. pero nunca llegó a construir su propio estado, con la sola y pasajera excepción de la pequeña ciudad de Xaltocan, entre los siglos XII y XIV. Es probable que se haya incorporado a culturas más desarrolladas, proporcionando productos agrícolas y mano de obra, por ejemplo, en Teotihuacan. En la época histórica más reciente, vemos a los otomíes sometidos al poder de los mexicas en las regiones de Xiquipilco, Huichapan, Jilotepec, o incorporados a Tlaxcala.Huella de esa situación es la presencia de un núcleo otomí en el estado de Tlaxcala: Weitlaner, Roberto, «El dialecto otomí de Ixtenc, Tlaxcala», en Anales del Museo Nacional, t. VIII, 4a. época, 1933, pp. 3-10 y I-XVIII. La conquista española determinó la extensión de los otomíes y de su idioma hacia el norte en los estados actuales de Querétaro y Guanajuato. La fundación de Querétaro, de San Juan del Río, de Tolimán, de San Miguel Allende, de San Luis de la Paz, de Tierra Blanca, se debe a indios de habla otomí de la región de Jilotepec y también de Tepotzotlán.Jacques Soustelle, op. cit., pp. 491-495. Véase Primo Feliciano Velázquez, Colección de Documentos para la Historia de San Luis Potosí, 3 vols., San Luis Potosí, 1897.

A pesar de su antigüedad, los otomíes no han dejado ningún escrito precortesiano. Todos los documentos en lengua otomí que poseemos son, pues, posteriores a la conquista. Se pueden distinguir cuatro categorías de escritos en otomí: 1] Gramáticas, «artes» y diccionarios de esa lengua indígena. 2] Catecismos, oraciones. 3] Códices, o mejor dicho códice, ya que no se conoce sino un documento único, el Códice otomí de Huichapan. 4] Canciones, poemas y cuentos en el idioma hablado actualmente.

 

Primera categoría: Se trata de documentos cuyo interés lingüístico es, a veces, muy grande, pero no se pueden considerar como literarios. Nos limitaremos a enumerar a continuación los títulos de las obras de esta categoría, cuya identificación más detallada se encontrará en la bibliografía del presente trabajo:

Carceres, Pedro de, Arte de la lengua otomí (sin título): siglo XVI.

Es una recopilación desordenada en la que se mezclan otomí, náhuatl, latín y castellano, pero muy útil ya que es el documento más antiguo que conocemos.

Diccionario otomí. Manuscrito del siglo XVI o tal vez del principio del XVII, que se encuentra en la Biblioteca Nacional de México. No tiene nombre de autor. Probablemente fue redactado por un misionero o sacerdote, pues contiene muchas palabras relacionadas con la religión católica.

Luces del otomí, gramática y vocabulario del siglo XVIII. Anónimo.

Neve y Molina, Luis, Reglas de ortografía, diccionario y arte de la lengua othomí (1767).

Soriano, P. Juan Guadalupe, manuscrito de 1767-1768, obra de un misionero franciscano que se refiere particularmente a los idiomas pame y jonazJacques Soustelle, «Documents sur les langages pame et jonaz du Mexique central (Hidalgo, Querétaro, San Luis Potosí)», en Journal de la Société des Américanistes, París, 1951, pp. 2-20. y da también un vocabulario otomí.

 

Segunda categoría: Pater Noster en otomí del siglo XVI, publicado en la Colección Polidiómica Mexicana.

Sermonario en lengua otomí, manuscrito anónimo del siglo XVII. Contiene 23 sermones y exhortaciones contra la «idolatría» indígena.

Cuartilla en otomí con imágenes, que se encuentra en la Biblioteca Nacional de París.Jacques Soustelle, «Notas sobre un documento otomí de la Biblioteca Nacional de París», en El México Antiguo, t. IV, núms. 1-2, 1936, pp. 13-20.Parece ser de fines del siglo XVII o de principios del XVIII.Eugène Boban, Documents pour servir à l’histoire du Mexique, t. II, p. 181; Walter Lehmann, «Les peintures mixtéco-zapotèques et quelques documents apparentés»,en Journal de la Société des Américanistes, París, 1905, pp. 241-280. Contiene oraciones cristianas.

López Yepes, Joaquín, Catecismo y declaración de la doctrina cristiana en lengua otomí, 1826.

Pérez, Francisco, Catecismo, 1834.

 

Tercera categoría: El Códice otomí de Huichapan, único documento de esa índole. Contiene textos en otomí (también en latín y náhuatl), escritos en caracteres latinos y glifos pictográficos relacionados con el calendario y con topónimos. Manuscrito del siglo XVII.El códice de Huichapan ha sido descrito por Alfonso Caso: «Un códice en otomí», en Proceedings of the XXIIIrd. International Congress of Americanists, Nueva York, 1930, pp. 130-135; Jacques Soustelle, op. cit., pp. 213-214.

 

Cuarta categoría: Poemas, canciones y cuentos que constituyen la literatura oral de los otomíes. Tienen un carácter auténtico y espontáneo, distinto del aspecto artificial de los textos de sermonarios, doctrinas y oraciones.

Aunque la cultura otomí aparezca como muy limitada y pobre, es importante destacar el papel significativo que corresponde a la poesía popular en regiones de muy antiguo y numeroso poblamiento otomí como la de Ixmiquilpan, Hidalgo; o la de Santa Ana y San Pedro, cerca de Tulancingo.Jaques Soustelle, Les quatre soleils, París. 1967, pp. 143-157. (Ed. en español: Los cuatro soles, Madrid, 1969, pp. 116-122.)

Es en la primera de esas zonas, entre Actopan y Zimapán, en los pueblos de Ixmiquilpan, Tasquillo y El Cardonal, donde la tradición de la poesía parece haberse conservado mejor. Quien conoce a los otomíes sabe que son particularmente reservados y discretos. No recitan los poemas tradicionales si no se encuentran en un ambiente de confianza. En la mayoría de los casos son hombres los que recitan los poemas en la región de Ixmiquilpan, pero ocasionalmente pueden ser las mujeres quienes lo hacen.

Exactamente como en la tradición náhuatl, el poema es un canto (azteca: cuicatl; otomí: tûhû). Lo cantan en un tono de melopea, mezzo voce, no valiéndose de ningún instrumento. Los poemas son muy breves, generalmente no tienen más de seis versos. Llamo versos a las frases separadas por una pausa marcada. No tienen rima, sino que están construidos sobre la base de una estructura muy sutil de asonancias. Dada la sintaxis del otomí, con sus numerosos sufijos y prefijos, los poetas (anónimos, por supuesto) han podido trabajar con paralelismos, ecos, correspondencias fonéticas y antítesis. A veces se establece un equilibrio estable de un extremo a otro de la breve pieza; otras, por el contrario, se rompe este equilibrio, y aparecen en unos versos paralelos, uno o dos versos con un ritmo totalmente distinto.

Tomemos como ejemplos dos cortos textos que harían pensar en ciertos poemas japoneses.Se emplea aquí una transcripción fonética simplificada. Véase Soustelle, op. cit., pp. 119-599.

 

Poema 1:

 

Numândé endönitho

Nurapaya enthöndrito,

 

Ayer florecía

Hoy se marchita.

 

Poema 2:

 

Bengui ridia gramehwini

Bengui rida grabwöshwini

Yastabâ rinana

Yastamaheni:

 

Haz a un lado tu vista iremos allá

Haz a un lado tu vista iremos por arriba

Antes que lo sepa tu madre

Estaremos lejos.

 

El primer poema ofrece un caso típico de paralelismo. En el segundo aparecen dos versos rigurosamente paralelos uno corto y otro todavía más breve. Con tres versos, otro poema, que numeraremos como 3, muy tradicional, produce la misma impresión de ruptura de ritmo:

 

Peí, peí, rizibida tö

Peí, peí, rizibida tö

Shanyêpü mazinkhû danei,

 

Toca, toca tu violincito, hijo

Toca, toca tu violincito, hijo

Allí viene mi hermanita a bailar.Roberto Weitlaner y Jacques Soustelle, «Canciones otomíes

 

Los temas de la poesía tradicional otomí son pocos y se vuelven a encontrar en varios poemas o cantos. Entre ellos destaca una visión bastante sombría de la vida; el amor del hombre joven que quiere irse lejos con su amada, alejándola de su familia; la reacción del marido quien, abandonado por su esposa, quiere consolarse con la hermana de la infiel; el deseo de la joven, comparada con una flor en espera de ser cortada.

Damos a continuación algunos textos poéticos de la región del norte y noroeste de Hidalgo:

 

Poema 4. Canto de muchacha:

 

Zidöni zidöni didöngawa

Dadüki dadüki todané

Danyéa danyéa dadögagui.

 

Florecita, florecita, estoy floreciendo aquí.

Que me corte, que me corte, quien quiera.

Que venga, que venga, que me corte.

 

Poema 5. El marido abandonado:

 

Bimá mândé bizogawa

Hyeguidama gahôna man’á

Hyeguiadû bigota rakhû

 

Ayer se fue y me dejó aquí.

No importa que se vaya, buscaré otra.

Que se muera, buscaré a su hermana.

Que se muera se quedó su hermana.

 

Otra versión del mismo tema (que refleja sin duda cierta fragilidad del matrimonio) dice:

 

Bimá mândé bizogathó

Mashidadû gamá mangû

gahômba rakhu

 

Ayer se fue me dejó nomás.

Aunque se muera me voy a mi casa

Buscaré a su hermana.

 

Poema 6. El joven y la muchacha:

 

Habú grimá? Gamá razü

Too guipéwü? Tima zéhé

Shtapândi shtamewü, máha

Bengui rida rapwöshwini

Bengui rida shtapândi rinana

Yagapengui ta t’ashângû.

 

¿A dónde vas? Voy a cortar leña.

¿Con quién vas? Me voy sola.

Si lo hubiera sabido, me hubiera ido contigo…; ivamos!

Vuelve tus ojos, vamos (los dos) para arribaEl verbo rapwöshwini es un dual (partícula wi).

Vuelve tus ojos. Cuando sepa tu madre

Ya habrás vuelto a la Casa Blanca.

 

Poema 7. El amante desesperado:

 

Dimâi dimâi pero nugué hinguimâki

Nubü dahánda ridáda dabwörakwé

Anúa dinega hindranambai gueto dimâí

Ata guöidái mabehnyâ

Mashi dabwörekwé too dabwörakwe.

 

Te quiero, te quiero, pero tú no me quieres.

Si nos ve tu papá se enojará

Yo no acepto que te golpée, porque te quiero

Hasta que yo te haga mi mujer

Que se enoje quien se enoje.

 

También hay poemas cortos que se refieren sencillamente a la vida cotidiana, a los pequeños incidentes que se producen en la familia, por ejemplo:

 

Poema 8:

Râká mazirônkhwa nkhû

Râká mazirônkhwa nkhû

Hingorangué dazügagá,

 

Dame mi ayatito hermana

Dame mi ayatito hermana

Que no me regañen por eso.

 

Hay que recordar que los otomíes utilizan los magueyes más que cualquier otro indígena y extraen de las pencas unas fibras con las que las mujeres tejen finísimos ayates (rônkhwa).

 

Poema 9. Diálogo agrio:

 

Yadamága yoshkibéngui

Toodabéngui tegratz’oyo

 

Ya me voy, no te acuerdes de mí.

¿Quién va a acordarse de ti? No eres sino un comilón.

 

Poema 10. Relaciones matrimoniales:

 

Shipá mazimané

Shama gödané

Nguetho mazümpané

Yashtadû ratsé.

 

Háblale a mi comadrita

A ver si quiere

Porque mi compadrito

Está muerto de frío.

 

Fuera de la región de Actopan y Zimapán pero siempre en el mismo estado de Hidalgo, en el borde de la meseta junto a las Tierras Calientes, las mujeres de San Pedro Tlachichilco y de Santa Ana Hueytlálopam, hábiles tejedoras llenas de autoridad, siguen representando una tradición poética otomí muy particular. Sus poemas son canciones festivas. No se trata en ellas de amor, huidas, de matrimonios felices o desgraciados, sino de aguardiente (pathé), que sustituye al sêy (pulque) en aquella zona. Lo más curioso es que la melodía de esas canciones es pura, cristalina, delicada, mientras que los textos son incoherentes y triviales. La verdad es que las mujeres aceptan cantar sólo después de haber ingerido varios tragos de aguardiente.

Los cuentos son textos narrativos de varias dimensiones que pueden reflejar actividades de la vida de cada día o acontecimientos más o menos fantásticos.

WeitlanerWetlaner y Soustelle, op. cit., pp. 322-324. ha dejado constancia de varios fragmentos relacionados con la vida indígena.

 

1]            Yadama kart’öhö shamá indazüki ramûhû

Ditsû dazaqui komangû bizá madâphri

(…) Biêhê razuwê bizá

Mibeni ra boedz’é nerannyâshû

Bisipi gatorângö bizogui hödzerandóyo

 

Me voy al cerro a ver si no me alcanza el lobo.

Tengo miedo que me coma como comió mi res.

Vino la fiera y se comió (la res).

Estaban tiradas las costillas y la cabeza.

Comió toda la carne y dejó nomás los huesos.

 

2]            Yadaagui madâmé mabâtsi yahobü

Kahéké raháy yawadhá.

 

Ya enterré mi marido, mis hijos ya no están

Voy a repartir la tierra y los magueyes.

 

3]            Magahónga man’a dâme

Padabingui rishûdi damâni

Hintödamâga rahâi nugo bidû madada

Denúbia biwadi

Yanúga otho teguimânyhü

 

Voy a buscar otro marido

Para que me dé de comer mañana y pasado mañana.

No dirá nada la gente (ya que) se murió mi papá.

Ahora se acabó.

A mí no tienen nada que decir.

 

Estos últimos párrafos arrojan luz sobre el estatuto tradicional de la mujer: viuda, «la gente» del pueblo la criticará si busca otro marido, pero el hecho de que su padre también desaparece obliga a admitir que se vuelva a casar.

El Instituto de Alfabetización para Indígenas Monolingües (Patrimonio Indígena del Valle del Mezquital) ha publicado algunos cuentos en los que generalmente aparecen animales:Cuentos otomíes, Patrimonio Indígena del Valle del Mezquital, 1955. Libro de cuentos, idem., 1955. En las citas aquí mencionadas se utiliza sin modificación la transcripción fonética. el conejo y la tortuga (ra jua ne ra xaha), el pollito (ra t’uni), el puerco (ra ts’udi), el gato (ra mixil), el perro (ra tsatyo), el coyote (ra mino). Es difícil determinar en qué medida esos cuentos reflejan una tradición propiamente indígena o si están solamente adaptados de la tradición europea.

Muy poco subsiste del folklore otomí, dado que ese pueblo indígena estuvo sometido a una evangelización particularmente activa y sus tradiciones han sufrido una presión muy fuerte. Su carácter fundamentalmente conservador ha mantenido muy vivo el idioma (aunque numerosos hispanismos se hayan introducido en la lengua cotidiana), pero las creencias antiguas aparentemente han desaparecido por completo.

Es, pues, interesante mencionar dos cuentos en otomí recogidos en la región de Ixtlahuaca, donde una fuerte población otomí vive al lado de una importante etnia mazahua. Los otomíes (nyâ nyû) y los mazahuas (nyâmphani), que hablan idiomas muy cercanos, a pesar de eso (¿o será por eso?) no tienen relaciones muy estrechas. Sea como sea, los cuentos otomíesJacques Soustelle, «Deux contes otomis», en Journal de la Société des Américanistes, t. XXVII, París, 1935, pp. 1-12. recogidos en el pueblito de San José del Sitio tienen como personalidad central un ser mítico llamado dok’inyö, palabra compuesta de do, piedra, y k’inyö, serpiente. Nuestro informante confesaba que no podía explicar el significado de una «serpiente de piedra». Tal vez, decía, esa extraña palabra quería indicar que se trataba de una serpiente que vivía entre las piedras, en los cerros. De todos modos, los cuentos muestran al dok ‘inyö bajo la forma de un ser maléfico, que suele agredir a los niños, asaltar sexualmente a las mujeres y que tiene el poder mágico de adormecer irresistiblemente a sus víctimas. En el primer cuento, la serpiente logra consumir la leche que un recién nacido debería ingerir y de ese modo causa la muerte del niño. En el segundo, el animal mítico tiene relaciones sexuales con una mujer adormecida por su poder mágico.

 

Extractos del cuento 1:

 

Narbenyö mibwö nartsiweni. Marlsizo. binamhwöto binini, bindodyo Kakhwa mizoni… (los hombres de la familia sospechan que algo anormal está sucediendo). Khö nyöhö ambibwöpothi mimpodihö a ver temitsöhö bwö mizônkarlsiweni… Bishotsö ködâtû nigué khabidotihö nardok’inyö, martsömpi kishiba karbenyö… yahingazo kartsiweni bidû.

 

Una mujer tenía un bebé. Era bonito. Empezó a enfermarse, adelgazaba y lloraba… los hombres se quedaban afuera de la casa y vigilaban, a ver qué pasaba cuando el niño lloraba… Abrieron las cobijas y vieron una «Serpiente de piedra» que mamaba los senos de la mujer… el niño no se curó, murió.

 

Extractos del cuento 2:

 

(Una mujer cuyo marido es soldado debe llevarle alimentos a su campamento. En el camino, sin saber por qué, sucumbe al sueño, y llega muy tarde al campamento. El marido se enoja. La mujer informa a su padre, quien la sigue y observa la serpiente. Los soldados llegan hasta el lugar donde la mujer estaba dormida.) Yashkihöhö karbenyö kha kark’inyö sobreguegué bihyântihö. Kark’inyö biboy bidötaditho kö sûndado…

La mujer dormía y vieron que la serpiente estaba sobre ella. La serpiente se levantó e hizo huir a los soldados.

 

(Más tarde la mujer se queja de dolores abdominales. Le dan purgación.) [….] Bitoköbi kö mipetsi nigué chögué tsik’inyöto. Bwöho mik’âtikarbehnyoko eshpidû. Salió lo que tenía (en su vientre) y eran puras serpientitas. Cuando la mujer las vio murió al instante.

 

Es característica de la tendencia pesimista de los otomíes la doble conclusión: bidû, murió; eshpidû, murió inmediatamente.

Existe entre los mazahuas vecinos de los otomíes una creencia relativa a una víbora «alicante» que tiene poderes mágicos. «Puede chupar la sangre de los humanos o de los animales a distancia. Gusta de mamar las ubres de las vacas y los senos de las mujeres.» Un cuento de San Pedro Potla relata que un mazahua

 

encontró a su mujer durmiendo en la cama mientras una víbora alicante mamaba los senos de la mujer. Entre tanto, el pequeño hijo del hombre lloraba ruidosamente porque la víbora metía su cola en la boquita del infante.Es exactamente lo que hace el dok’inyö según el cuento núm. 1. Viendo lo anterior, el hombre sacó una pistola de entre sus ropas y disparó matando a la víbora y a su mujer. E. S. Morales Sales, La tradición oral y la lengua mazahua practicada en el Estado de México, Toluca, 1985, pp. 223-225.

 

La semejanza de la tradición mazahua con la de los otomíes es evidente, hasta el carácter sombrío de la conclusión. Parece que las víctimas de la serpiente mítica no pueden ni deben sobrevivir.

Comparada con las riquísimas culturas prehispánicas y con la brillante literatura náhuatl, la literatura otomí no deja de parecernos humilde y pobre. Es el espejo donde se refleja una cultura que nunca en su historia ha logrado sobrepasar el nivel de la aldea, de la milpa, de la pequeña casa campesina. El pueblo otomí no ha dejado monumentos, ni ha esculpido estatuas o bajorrelieves, ni ha escrito o pintado libros. Pero, como una flor delicada, una poesía, a la vez frágil y muy terrestre ha podido nacer en aquel suelo árido. Su mera existencia es uno de los milagros que la historia de México ofrece como contribución al tesoro común de la humanidad.

 

Jacques Soustelle

 

El artículo “La literatura otomí”, de Jacques Soustelle, se publicó originalmente en Historia de la literatura mexicana desde sus orígenes hasta nuestros días. Volumen 1: Las literaturas amerindias de México y la literatura en español del siglo XVI. Coordinación de Beatriz Cuarón y Georges Baudot. México: Siglo XXI Editores, 1996. 241-252.

Peter Pan Capítulo I

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Aparece Peter Pan

James M. Barrie

Todos los niños crecen, excepto uno. No tardan en saber que van a crecer y Wendy lo supo de la siguiente manera. Un día, cuando tenía dos años, estaba jugando en un jardín, arrancó una flor más y corrió hasta su madre con ella. Supongo que debía estar encantadora, ya que la señora Darling se llevó la mano al corazón y exclamó:

-¡Oh, por qué no podrás quedarte así para siempre!

No hablaron más del asunto, pero desde entonces Wendy supo que tenía que crecer. Siempre se sabe eso a partir de los dos años. Los dos años marcan el principio del fin.

Como es natural, vivían en el 14 y hasta que llegó Wendy su madre era la persona más importante. Era una señora encantadora, de mentalidad romántica y dulce boca burlona. Su mentalidad romántica era como esas cajitas, procedentes del misterioso Oriente, que van unas dentro de las otras y que por muchas que uno descubra siempre hay una más; y su dulce boca burlona guardaba un beso que Wendy nunca pudo conseguir, aunque allí estaba, bien visible en la comisura derecha.

Así es como la conquistó el señor Darling: los numerosos caballeros que habían sido muchachos cuando ella era una jovencita descubrieron simultáneamente que estaban enamorados de ella y todos corrieron a su casa para declararse, salvo el señor Darling, que tomó un coche y llegó el primero y por eso la consiguió. Lo consiguió todo de ella, menos la cajita más recóndita y el beso. Nunca supo lo de la cajita y con el tiempo renunció a intentar obtener el beso. Wendy pensaba que Napoleón podría haberlo conseguido, pero yo me lo imagino intentándolo y luego marchándose furioso, dando un portazo.

El señor Darling se vanagloriaba ante Wendy de que la madre de ésta no sólo lo quería, sino que lo respetaba. Era uno de esos hombres astutos que lo saben todo acerca de las acciones y las cotizaciones. Por supuesto, nadie entiende de eso realmente, pero él daba la impresión de que sí lo entendía y comentaba a menudo que las cotizaciones estaban en alza y las acciones en baja con un aire que habría hecho que cualquier mujer lo respetara.

La señora Darling se casó de blanco y al principio llevaba las cuentas perfectamente, casi con alegría, como si fuera un juego, y no se le escapaba ni una col de Bruselas; pero poco a poco empezaron a desaparecer coliflores enteras y en su lugar aparecían dibujos de bebés sin cara. Los dibujaba cuando debería haber estado haciendo la suma total. Eran los presentimientos de la señora Darling.

Wendy llegó la primera, luego John y por fin Michael. Durante un par de semanas tras la llegada de Wendy estuvieron dudando si se la podrían quedar, pues era una boca más que alimentar. El señor Darling estaba orgullosísimo de ella, pero era muy honrado y se sentó en el borde de la cama de la señora Darling , sujetándole la mano y calculando gastos, mientras ella lo miraba implorante. Ella quería correr el riesgo, pasara lo que pasara, pero él no hacía las cosas así: él hacía las cosas con un lápiz y un papel y si ella lo confundía haciéndole sugerencias tenía que volver a empezar desde el principio.

-No me interrumpas -le rogaba-. Aquí tengo una libra con diecisiete y dos con seis en la oficina; puedo prescindir del café en la oficina, pongamos diez chelines, que hacen dos libras, nueve peniques y seis chelines, con tus dieciocho y tres hacen tres libras, nueve chelines y siete peniques… ¿quién está moviéndose?… ocho, nueve, siete, coma y me llevo siete… no hables, mi amor… y la libra que le prestaste a ese hombre que vino a la puerta… calla, niña… coma y me llevo, niña… ¡ves, ya está mal!… ¿he dicho nueve libras, nueve chelines y siete peniques? Sí, he dicho nueve libras, nueve chelines y siete peniques; el problema es el siguiente: ¿podemos intentarlo por un año con nueve libras, nueve chelines y siete peniques?

-Claro que podemos, George -exclamó ella. Pero estaba predispuesta en favor de Wendy y, en realidad, de los dos, él era quien tenía un carácter más fuerte.

-Acuérdate de las paperas -le advirtió casi amenazadoramente y se puso a calcular otra vez-. Paperas una libra, eso es lo que he puesto, pero seguro que serán más bien treinta chelines… no hables… sarampión una con quince, rubeola media guinea, eso hace dos libras, quince chelines y seis peniques… no muevas el dedo… tos ferina, pongamos que quince chelines…

Y así fue pasando el tiempo y cada vez daba un total distinto; pero al final Wendy pudo quedarse, con las paperas reducidas a doce chelines y seis peniques y los dos tipos de sarampión considerados como uno solo.

Con John se produjo la misma agitación y Michael se libró aún más por los pelos, pero se quedaron con los dos y pronto se veía a los tres caminando en fila rumbo al jardín de Infancia de la señora Fulsom , acompañados de su niñera.

A la señora Darling le encantaba tener todo como es debido y el señor Darling estaba obsesionado por ser exactamente igual que sus vecinos, de forma que, como es lógico, tenían una niñera. Como eran pobres, debido a la cantidad de leche que bebían los niños, su niñera era una remilgada perra de Terranova, llamada Nana, que no había pertenecido a nadie en concreto hasta que los Darling la contrataron. Sin embargo, los niños siempre le habían parecido importantes y los Darling la conocieron en los jardines de Kensington, donde pasaba la mayor parte de su tiempo libre asomando el hocico al interior de los cochecitos de los bebés y era muy odiada por las niñeras descuidadas, a las que seguía hasta sus casas y luego se quejaba de ellas ante sus señoras. Demostró ser una joya de niñera. Qué meticulosa era a la hora del baño, lo mismo que en cualquier momento de la noche si uno de sus tutelados hacía el menor ruido. Por supuesto, su perrera estaba en el cuarto de los niños. Tenía una habilidad especial para saber cuándo no se debe ser indulgente con una tos y cuándo lo que hace falta es abrigar la garganta con un calcetín. Hasta el fin de sus días tuvo fe en remedios anticuados como el ruibarbo y soltaba gruñidos de desprecio ante toda esa charla tan de moda sobre los gérmenes y cosas así. Era una lección de decoro verla cuando escoltaba a los niños hasta la escuela, caminando con tranquilidad a su lado si se portaban bien y obligándolos a ponerse en fila otra vez si se dispersaban. En la época en que John comenzó a ir al colegio jamás se olvidó de su jersey y normalmente llevaba un paraguas en la boca por si llovía. En la escuela de la señorita Fulsom hay una habitación en el bajo donde esperan las niñeras. Ellas se sentaban en los bancos, mientras que Nana se echaba en el suelo, pero ésa era la única diferencia. Ellas hacían como si no la vieran, pues pensaban que pertenecía a una clase social inferior a la suya y ella despreciaba su charla superficial. Le molestaba que las amistades de la señora Darling visitaran el cuarto de los niños, pero si llegaban, primero le quitaba rápidamente a Michael el delantal y le ponía el de bordados azules, le arreglaba a Wendy la ropa y le alisaba el pelo a John.

Ninguna guardería podría haber funcionado con mayor corrección y el señor Darling lo sabía, pero a veces se preguntaba inquieto si los vecinos hacían comentarios.

Tenía que tener en cuenta su posición social.

Nana también le causaba otro tipo de preocupación. A veces tenía la sensación de que ella no lo admiraba.

-Sé que te admira horrores, George -le aseguraba la señora Darling y luego les hacía señas a los niños para que fueran especialmente cariñosos con su padre. Entonces se organizaban unos alegres bailes, en los que a veces se permitía que participara Liza, la única otra sirvienta. Parecía una pizca con su larga falda y la cofia de doncella, aunque, cuando la contrataron, había jurado que ya no volvería a cumplir los diez años. ¡Qué alegres eran aquellos juegos! Y la más alegre de todos era la señora Darling , que brincaba con tanta animación que lo único que se veía de ella era el beso y si en ese momento uno se hubiera lanzado sobre ella podría haberlo conseguido. Nunca hubo familia más sencilla y feliz hasta que llegó Peter Pan.

La señora Darling supo por primera vez de Peter cuando estaba ordenando la imaginación de sus hijos. Cada noche, toda buena madre tiene por costumbre, después de que sus niños se hayan dormido, rebuscar en la imaginación de éstos y ordenar las cosas para la mañana siguiente, volviendo a meter en sus lugares correspondientes las numerosas cosas que se han salido durante el día. Si pudierais quedaros despiertos (pero claro que no podéis) veríais cómo vuestra propia madre hace esto y os resultaría muy interesante observarla. Es muy parecido a poner en orden unos cajones. Supongo que la veríais de rodillas, repasando divertida algunos de vuestros contenidos, preguntándose de dónde habíais sacado tal cosa, descubriendo cosas tiernas y no tan tiernas, acariciando esto con la mejilla como si fuera tan suave como un gatito y apartando rápidamente esto otro de su vista. Cuando os despertáis por la mañana, las travesuras y los enfados con que os fuisteis a la cama han quedado recogidos y colocados en el fondo de vuestra mente y encima, bien aireados, están extendidos vuestros pensamientos más bonitos, preparados para que os los pongáis.

No sé si habéis visto alguna vez un mapa de la mente de una persona. A veces los médicos trazan mapas de otras partes vuestras y vuestro propio mapa puede resultar interesantísimo, pero a ver si alguna vez los pilláis trazando el mapa de la mente de un niño, que no sólo es confusa, sino que no para de dar vueltas. Tiene líneas en zigzag como las oscilaciones de la temperatura en un gráfico cuando tenéis fiebre y que probablemente son los caminos de la isla, pues el País de Nunca Jamás es siempre una isla, más o menos, con asombrosas pinceladas de color aquí y allá, con arrecifes de coral y embarcaciones de aspecto veloz en alta mar, con salvajes y guaridas solitarias y gnomos que en su mayoría son sastres, cavernas por las que corre un río, príncipes con seis hermanos mayores, una choza que se descompone rápidamente y una señora muy bajita y anciana con la nariz ganchuda. Si eso fuera todo sería un mapa sencillo, pero también está el primer día de escuela, la religión, los padres, el estanque redondo, la costura, asesinatos, ejecuciones, verbos que rigen dativo, el día de comer pastel de chocolate, ponerse tirantes, dime la tabla del nueve, tres peniques por arrancarse un diente uno mismo y muchas cosas más que son parte de la isla o, si no, constituyen otro mapa que se transparenta a través del primero y todo ello es bastante confuso, sobre todo porque nada se está quieto.

Como es lógico, los Países del Nunca jamás son muy distintos. El de John, por ejemplo, tenía una laguna con flamencos que volaban por encima y que John cazaba con una escopeta, mientras que Michael, que era muy pequeño, tenía un flamenco con lagunas que volaban por encima. John vivía en una barca encallada del revés en la arena, Michael en una tienda india, Wendy en una casa de hojas muy bien cosidas. John no tenía amigos, Michael tenía amigos por la noche, Wendy tenía un lobito abandonado por sus padres; pero en general los Países de Nunca Jamás tienen un parecido de familia y si se colocaran inmóviles en fila uno tras otro se podría decir que las narices son idénticas, etcétera. A estas mágicas tierras arriban siempre los niños con sus barquillas cuando juegan. También nosotros hemos estado allí: aún podemos oír el ruido del oleaje, aunque ya no desembarcaremos jamás.

De todas las islas maravillosas la de Nunca jamás es la más acogedora y la más comprimida: no se trata de un lugar grande y desparramado, con incómodas distancias entre una aventura y la siguiente, sino que todo está agradablemente amontonado. Cuando se juega en ella durante el día con las sillas y el mantel, no da ningún miedo, pero en los dos minutos antes de quedarse uno dormido se hace casi realidad. Por eso se ponen luces en las mesillas.

A veces, en el transcurso de sus viajes por las mentes de sus hijos, la señora Darling encontraba cosas que no conseguía entender y de éstas la más desconcertante era la palabra Peter. No conocía a ningún Peter y, sin embargo, en las mentes de John y Michael aparecía aquí y allá, mientras que la de Wendy empezaba a estar invadida por todas partes de él. El nombre destacaba en letras mayores que las de cualquier otra palabra y mientras la señora Darling lo contemplaba le daba la impresión de que tenía un aire curiosamente descarado.

-Sí, es bastante descarado -admitió Wendy a regañadientes. Su madre le había estado preguntando.

-¿Pero quién es, mi vida?

-Es Peter Pan, mamá, ¿no lo sabes?

Al principio la señora Darling no lo sabía, pero después de hacer memoria y recordar su infancia se acordó de un tal Peter Pan que se decía que vivía con las hadas. Se contaban historias extrañas sobre él, como que cuando los niños morían él los acompañaba parte del camino para que no tuvieran miedo. En aquel entonces ella creía en él, pero ahora que era una mujer casada y llena de sentido común dudaba seriamente que tal persona existiera.

-Además -le dijo a Wendy-, ahora ya sería mayor.

-Oh no, no ha crecido -le aseguró Wendy muy convencida-, es de mi tamaño.

Quería decir que era de su tamaño tanto de cuerpo como de mente; no sabía cómo lo sabía, simplemente lo sabía.

La señora Darling pidió consejo al señor Darling, pero éste sonrió sin darle importancia.

-Fíjate en lo que te digo -dijo-, es una tontería que Nana les ha metido en la cabeza; es justo el tipo de cosa que se le ocurriría a un perro. Olvídate de ello y ya verás cómo se pasa.

Pero no se pasaba y no tardó el molesto niño en darle un buen susto a la señora Darling.

Los niños corren las aventuras más raras sin inmutarse. Por ejemplo, puede que se acuerden de comentar, una semana después de que haya ocurrido la cosa, que cuando estuvieron en el bosque se encontraron con su difunto padre y jugaron con él. De esta forma tan despreocupada fue como una mañana Wendy reveló un hecho inquietante. Aparecieron unas cuantas hojas de árbol en el suelo del cuarto de los niños, hojas que ciertamente no habían estado allí cuando los niños se fueron a la cama y la señora Darling se estaba preguntando de dónde habrían salido cuando Wendy dijo con una sonrisa indulgente:

-¡Seguro que ha sido ese Peter otra vez!

-¿Qué quieres decir, Wendy?

-Está muy mal que no barra -dijo Wendy, suspirando. Era una niña muy pulcra.

Explicó con mucha claridad que le parecía que a veces Peter se metía en el cuarto de los niños por la noche y se sentaba a los pies de su cama y tocaba la flauta para ella. Por desgracia nunca se despertaba, así que no sabía cómo lo sabía, simplemente lo sabía.

-Pero qué bobadas dices, preciosa. Nadie puede entrar en la casa sin llamar.

-Creo que entra por la ventana -dijo ella.

-Pero, mi amor, hay tres pisos de altura.

-¿No estaban las hojas al pie de la ventana, mamá?

Era cierto, las hojas habían aparecido muy cerca de la ventana.

La señora Darling no sabía qué pensar, pues a Wendy todo aquello le parecía tan normal que no se podía desechar diciendo que lo había soñado.

-Hija mía -exclamó la madre-, ¿por qué no me has contado esto antes?

-Se me olvidó -dijo Wendy sin darle importancia. Tenía prisa por desayunar.

Bueno, seguro que lo había soñado.

Pero, por otra parte, allí estaban las hojas. La señora Darling las examinó atentamente: eran hojas secas, pero estaba segura de que no eran de ningún árbol propio de Inglaterra. Gateó por el suelo, escudriñándolo a la luz de una vela en busca de huellas de algún pie extraño. Metió el atizador por la chimenea y golpeó las paredes. Dejó caer una cinta métrica desde la ventana hasta la acera y era una caída en picado de treinta pies, sin ni siquiera un canalón al que agarrarse para trepar.

Desde luego, Wendy lo había soñado.

Pero Wendy no lo había soñado, según se demostró a la noche siguiente, la noche en que se puede decir que empezaron las extraordinarias aventuras de estos niños.

La noche de la que hablamos todos los niños se encontraban una vez más acostados. Daba la casualidad de que era la tarde libre de Nana y la señora Darling los bañó y cantó para ellos hasta que uno por uno le fueron soltando la mano y se deslizaron en el país de los sueños.

Tenían todos un aire tan seguro y apacible que se sonrió por sus temores y se sentó tranquilamente a coser junto al fuego.

Era una prenda para Michael, que en el día de su cumpleaños iba a empezar a usar camisas. Sin embargo, el fuego daba calor y el cuarto de los niños estaba apenas iluminado por tres lamparillas de noche y al poco rato la labor quedó en el regazo de la señora Darling. Luego ésta empezó a dar cabezadas con gran delicadeza. Estaba dormida. Miradlos a los cuatro, Wendy y Michael allí, John aquí y la señora Darling junto al fuego. Debería haber habido una cuarta lamparilla.

Mientras dormía tuvo un sueño. Soñó que el País de Nunca jamás estaba demasiado cerca y que un extraño chiquillo había conseguido salir de él. No le daba miedo, pues tenía la impresión de haberlo visto ya en las caras de muchas mujeres que no tienen hijos. Quizás también se encuentre en las caras de algunas madres. Pero en su sueño había rasgado el velo que oscurece el País de Nunca Jamás y vio que Wendy, John y Michael atisbaban por el hueco.

El sueño de por sí no habría tenido importancia alguna, pero mientras soñaba, la ventana del cuarto de los niños se abrió de golpe y un chiquillo se posó en el suelo. Iba acompañado de una curiosa luz, no más grande que un puño, que revoloteaba por la habitación como un ser vivo y creo que debió de ser esta luz lo que despertó a la señora Darling.

Se sobresaltó soltando un grito y vio al chiquillo y de alguna manera supo al instante que se trataba de Peter Pan. Si vosotros o Wendy o yo hubiéramos estado allí nos habríamos dado cuenta de que se parecía mucho al beso de la señora Darling. Era un niño encantador, vestido con hojas secas y los jugos que segregan los árboles, pero la cosa más deliciosa que tenía era que conservaba todos sus dientes de leche. Cuando se dio cuenta de que era una adulta, rechinó las pequeñas perlas mostrándolas.

Nitlayokoya. Nezahualcóyotl

Poema

 

Nitlayokoya, niknotlamatiya
san, nitepiltsin Nesaualkoyotl
xochitika ye iuan kuikatika
nikimilnamiki tepiluan,
ain oyake,
yejua Tesosomoktsin,
o yejuan Kuajkuajtsin.
Ok nelin nemoan,
kenonamikan.
¡Maya nikintoka in intepiluan,
maya nikimonitkili toxochiu!
Ma ik itech nonasi,
yektli yan kuikatl in Tesosomoktsin.
O aik ompoliuis in moteyo,
¡nopiltsin, Tesosomoktsin!
Anka sa ye in mokuik a ika
niualchoka, in san niualiknotlamatiko,
nontiya.

 

San niualayokoya, niknotlamati.
Ayokik, ayok,
kenmanian,
titechyaitakiu in tlaltipak,
ika nontiya.
 

 

 

Estoy triste

 

Estoy triste, me aflijo,
yo el señor Netzahualcóyotl
con flores y con cantos,
recuerdo a los príncipes
a los que se fueron
a Tezozomoctzin,
a Cuacuahtzin.
En verdad viven,
allá en donde de algún modo se existe
¡Ojalá pudiera yo seguir a los príncipes
llevarles nuestras flores!
¡Si pudiera yo hacer míos
los hermosos cantos de Tezozomoctzin!
Jamás perecerá tu renombre
¡Oh mi señor, tu Tezozomoctzin!
Así, echando de menos tus cantos
me he venido a afligir
solo he venido a quedar triste
yo a mí mismo me desgarro.
He venido a estar triste, me aflijo
ya no estás aquí, ya no,
en la región donde de algún modo se existe,
nos dejaste sin provisión en la tierra
por esto, a mí mismo me desgarro.

 

Poema. Tu voz profética

Poema Tu voz profética

 

Ramón López Velarde

¡Ay de Dios, que tu palabra
me tiene embrujada
el alma!
Mi lírica adolescencia
y tu existencia
gitana
se dicen en la ventana
cosas
de amor y buenaventura
en estas noches lluviosas.

Juran por Cristo, venerables dueñas,
de quien llora en el vientre de la madre
conoce del futuro; tú gemiste
antes de que nacieras, y por eso
tus artes de gitana me iluminan
en los discursos de tu voz profética.

Me haces la caridad de tu palabra
y por oírte hablar quedan las cosas
enmudecidas religiosamente,
y yo me maravillo del concepto
que en tu boca, Fuensanta, se hace música,
y me quedo pendiente de tus labios
como quien se divierte con cristales.

Me embelesa el decoro de tu plática,
y ante tu vista escrutadora extiendo
la palma de las manos, predices
mi destino en lenguaje milagroso.

Y sigues conversando, eres la clave
del dolor y del gozo; abarca todas
las horas venideras, la mirada
de tus ojos sintéticos, bien mío.
y con tu rostro ecuánime subyugas
¡oh tú, la bienpensada que conversas
cual si hubieses venido del misterio!

¡Si me quitan el regalo
de tus proféticos labios,
me muero de desencanto!

Dios quiera
que se conserve el prodigio
de tu palabra hechicera
para decirme en voz baja
cosas
de amor y buenaventura
en estas noches lluviosas.

Y nuestro dulce noviazgo
será, Fuensanta, una flor
con un pétalo de enigma
y otro pétalo de amor.
¡Tú me dirás del enigma,
yo te diré del amor!

¡Ay de Dios, que tu palabra
me tiene embrujada
el alma!

Cuento mixteco Xikivi xi kóo

Cuento mixteco

 

Ni sa’in iin kivi ndé dini Yuku Nu-Kaí nanduki simbeexí. Donaní sai nde dini yuku ma ni nandukí yuu kui’í dínií, te ni sa kundu’í.

Na ní kuñaa ni kesa’í nakundia’vi sitnúu ansivi. Te ni tnatuu iin koo daná tava kani-si yaá-sí. Ni yu’í sastnu’í inde’i-si, te ni nakani ini:

¡Ya’a ka kini iá dini yuku-yo!

Te índé’í ansa kueeyaa kuyatni-si. Na kua’an-si ndava-si tnínu’u-si-yúu ni nde kunu iinn xikivi, te ni koko nii-si kóo ma, te ni nandee tixi-si.

Te ni sa kundu’u-sí diin, te ni nakuani nuu-sí, te ni kidi-si.  Donaní nsikui’nu ini, kidi ii-sí indu’u-si yatni diin. Ni tnii-si xi ndui nda’í, te ni kaninda’í yata-si. Ná ní nui ika yuku ma ini ndiai-si. Na ni nasai ve’i ni kachi xi ña’a di’í:

¡Kunde’e ña ni’in-yo!

Te naní dakuxioi nda’í ña’a ve’i ni xini-ñá, iin yuu ndiaa, ka’nú ní cha’ma. Mii-ñá ní tnii-ña yuu nchi’i ma te nsi’a mani ni tnii-ña yuu ma.

Ni nakani xi-ñá ni dakákú xikivi ma yúu. Kua’a sástnu’u ni kuu ini ñá sa’a xikivi yuu ma.

Dende kivi yukán nsi’a mani tiaa-ña dita xixi-nsi, te inuumiña yuu ma nsinuu ini-ña xikivi ní dakaku-si ii-ñá.

 

Camaleón cornudo

 

Salí un día a buscar mis animalitos en el Cerro Tosido. Cuando llegué a la cima, decidí descansar, porque el sol ya se había puesto.

Entonces tomé de las piedras de por ahí y las usé para apoyar mi cabeza. Como no llevaba petate, me acosté en la hierba.

El cielo se oscureció y empecé a contar las estrellas del atardecer. Entonces, una víbora ponzoñosa se me acercó arrastrándose y lengüeteando la tierra. Tuve miedo y me dije: ¡Qué feo es este lugar!

Entonces vi la víbora mientras se preparaba a morderme, y cuando se lanzó, un camaleón se apareció y la mordió. El camaleón se tragó a la víbora entera y quedó bien gordo.

Como estaba muy lleno, se acostó cerca de mí y cerró los ojos.

Cuando el sol me despertó en la mañana, alcé mi cabeza de las piedras y vi al camaleón durmiendo en el mismo lugar. Tomé al camaleón en mis manos, y como fue muy bueno conmigo, empecé a acariciarlo. Iba yo bajando, bajando del cerro y seguía acariciando al animal mientras me dirigía a mi casa. Cuando llegué a la casa, le dije a mi esposa:

¡Mira lo que te traje!

Cuando quité la mano, mi esposa nomás vio una piedra gorda, plana y suavecita. Ella tomó la piedra azul y empezó a sobarla también. Le conté a mi esposa cómo me salvó la vida el camaleón gordo, y ella se encariñó con la piedra.

Desde ese entonces, mi esposa acaricia a la piedra seguido y hace las mejores tortillas del pueblo.

¿Su secreto? Antes de hacer tortillas, siempre acaricia al camaleón muerto y piensa en cómo salvó a su marido de la víbora.

Poesía en Mazahua To`o kja in jñiñigo

To`o kja in jñiñigo

 

Nudya ri tompk’o nu in jñiñigo
Nujua jango o nte`e
yo in ch’igo yo otr`u
i nu jyarg kja nu tr`eje
go janda ja ru teego
Jom u nu pokj ukjimi, nujua
Jango yo in ta`a o tè eji
Ma o mburu o jyasu
Ximi o jñanrgo ja
Ba b` u g ugo
Jñiñigo, ma ri chinsapju
a jens`e, nu kànga mi tee
yo in cho`ogo ñe yo
ngom u ximi ngeje yo
o jytsk`o gua ts`iyaxu

Nudya, nzakja i nana,
Ri guezhigo kja in
Jñiñigo nu ri nee
Ne o mimi yo ñiji
Yo seje

Nudya ri so`l na punkj u
K` u nu xom u ñeje nu
Pa`a kjo in b`itugo, ñe
Ye nrajna nu kjo b’atrj u
Nu in pjemego, nza kja
In nanago

Canto a mi pueblo

Hoy canto a mi pueblo
Porque en él nacieron
Mis primeros sueños
Y el sol de sus cerros
Me vieron crecer

Tierra bendita, donde
Mis padres crecieron al
Nacer el día
También a mi me vieron
Correr

Mi pueblo, al pasar por
Tu cielo, el azul crece
En mis ojos y tus
Nubes a mí también
Me enseñaron a pintar

Hoy, igual que mi madre,
Soy bordadora, y en ti,
Pueblo querido, nacieron
Mis primeros caminos
De estrellas

Hoy me siento orgullosa
De llevar la noche y el
Día en mi traje y las
Flores del campo en
Mi cintura, como mi
madre.

Poema Acuérdate de mí

poema

 

Lord Byron

Llora en silencio mi alma solitaria,
excepto cuando está mi corazón
unido al tuyo en celestial alianza
de mutuo suspirar y mutuo amor.

Es la llama de mi alma cual lumbrera,
que brilla en el recinto sepulcral:
casi extinta, invisible, pero eterna…
ni la muerte la puede aniquilar.

¡Acuérdate de mí!… Cerca a mi tumba
no pases, no, sin darme una oración;
para mi alma no habrá mayor tortura
que el saber que olvidaste mi dolor.

Oye mi última voz. No es un delito
rogar por los que fueron. Yo jamás
te pedí nada: al expirar te exijo
que vengas a mi tumba a sollozar.

Novela Los dos vecinos

novela

 

Julia de Asensi

 

Capítulo I

 

-Debe ser rubia, tener los ojos azules, una figura sentimental -dijo Santiago.

-Te equivocas -replicó Anselmo-; debe ser morena, con brillantes ojos negros, cabellos de azabache, abundantes y sedosos…

-No -interrumpió Genaro-; ni lo uno ni lo otro. Pelo castaño, ojos garzos, pálida, hermosa, elegante, esbelta.

-¿De quién se trata? -preguntó Rafael, entrando en la habitación de la fonda donde discutían sus tres amigos.

-Ven aquí, Rafael -dijo Santiago-; nadie mejor que tú puede sacarnos de esta duda. Aunque has llegado al pueblo hace pocos días, de seguro habrás observado que enfrente de tu casa vive una mujer acompañada de dos criados viejos,   -34-   verdaderos Argos que la guardan y la vigilan, sin permitir que nadie se aproxime a su morada. Ninguno de nosotros ha alcanzado la suerte de ver a tu vecina, y hablábamos del tipo que imaginábamos debía tener. Tú, sin duda, la habrás visto, y podrás decirnos cuál acierta de los tres.

-Sé, en efecto, que enfrente de mi casa vive una mujer que, como vosotros, supongo será joven y hermosa -contestó Rafael-; de noche llegan hasta mí las dulces melodías que sabe arrancar de su arpa o los suaves acentos de su voz; pero en cuanto a haberla visto, os aseguro que jamás he tenido esa suerte, y sólo he logrado vislumbrar una vaga sombra detrás de las persianas de sus balcones. Hasta ahora me he ocupado muy poco de ella; la muerte de mi tío, su recuerdo, que me persigue sin cesar en esa casa que él habitó y que heredé a su fallecimiento, todo contribuye a que no busque gratas sensaciones; así es que apenas me he asomado a la ventana desde que llegué, y cuando lo hago es como mi misteriosa vecina, detrás de las persianas; así observo sin que nadie pueda fijarse en mí.

-¿De modo que no te es posible decirnos nada respecto a ella? -preguntó Anselmo.

-Nada -contestó Rafael.

-Yo apuesto un almuerzo a que he acertado -dijo Genaro.

-Y yo lo mismo -añadió Santiago.

-Y yo igual -murmuró Anselmo.

-En cuanto sepa quién gana, os lo comunicaré -dijo Rafael-. En mi calidad de vecino, podré saber antes que vosotros lo que deseáis averiguar, y tendré el gusto en dar la nueva al vencedor.

-Mañana -repuso Santiago-, partiremos los tres de caza al monte, y volveremos dentro de unos ocho días; entonces nos dirás cuál ha ganado de los tres.

-¿Tú no nos acompañas? -preguntó a Rafael Anselmo.

-No puedo -contestó el joven-; y además de tener ocupaciones, soy poco aficionado a la caza.

-Supongo que no habrás olvidado que nos prometiste comer hoy con nosotros -dijo Genaro.

-No; principalmente he venido por eso.

Durante la comida se habló de la misteriosa vecina; se renovaron las apuestas, y a las once se separaron Rafael y sus tres compañeros, quedando estos en la fonda y regresando el primero a su morada.

 

Capítulo II

 

Cuando Rafael entró en su cuarto, en vez de hacer alumbrar la habitación, dio orden a su criado de que se retirase, y asomándose a la ventana, se apoyó en el alféizar, fijando sus miradas en la casa de enfrente.
La noche estaba obscura, el aire era tibio, y hasta el joven llegaba el aroma de las flores que adornaban los balcones de la vivienda de su vecina.
Las persianas de aquellos estaban cerradas, y apenas se veía entre alguna un débil rayo de luz. Lo que sí percibía claramente Rafael era el sonido dulce y melancólico de una pieza musical tocada magistralmente en el arpa.
-¡Cuánto daría por ver a la que así expresa con la música las sensaciones de su alma! -exclamó.

Poco a poco se fueron extinguiendo todas las luces; la casa de enfrente quedó como la de Rafael, envuelta en la sombra, y entonces oyó el joven el ruido de una persiana que se abría. Vagamente divisó la figura esbelta y graciosa de una mujer vestida de blanco, que se asomó a uno de los balcones, apoyando sus brazos en la barandilla. Así pasó un cuarto de hora, y al cabo de él las campanas   -37-   de la iglesia cercana empezaron a tocar con tal precipitación, que los dos vecinos no pudieron menos de asombrarse.

Sin embargo, la sorpresa de Rafael no fue de larga duración, porque bien pronto vio a lo lejos un resplandor rojizo y una columna de humo que se elevaba al cielo.

Un hombre pasó rápidamente por la calle.

-Dios mío, ¿qué sucede? -preguntó ella dirigiéndose sin duda al transeúnte, que no la oyó. Rafael, al escuchar aquel dulce acento, se sintió impresionado, y se apresuró a contestar.

-Señora, es un incendio.

-¡Un incendio! ¿Y se sabe dónde?

-Debe ser en la fábrica de papeles pintados que hay no lejos de aquí.

-¡Qué desgracia! -exclamó la vecina-. ¡Cuántas familias quedarán pereciendo si el fuego es de consideración!

-Corro a verlo y traeré a usted noticias.

Media hora después volvía Rafael a ocupar su puesto en la ventana de su casa.

-Señora -dijo a su vecina que permanecía inmóvil-, el incendio ha sido cortado y no hay que lamentar grandes   -38-   pérdidas. El pueblo en masa ha trabajado con ahínco para que se extinga.

-Gracias al cielo, puedo retirarme tranquila. Le agradezco el servicio que me ha prestado, pues sé que no tengo ninguna desdicha que lamentar.

-¿Se va usted ya?

-Es muy tarde.

-¿Quiere usted hacerme un favor?

-Si está en mi mano…

-Precisamente: que antes de retirarse a sus habitaciones toque un momento el arpa.
La vecina se retiró, y poco después volvían a sonar los suaves acordes del instrumento. Rafael no se apartó de la ventana hasta que la vecina dejó de tocar; entonces se alejó; y durante toda la noche no cesó de soñar con ella.

El Cantar de los Cantares

El Cantar de los Cantares

 

Ella

Soy la flor de los llanos de Sarón,
soy la rosa de los valles.

 

Él

 Mi amada es, entre las mujeres,
como una rosa entre los espinos.

 

Ella

Mi amado es, entre los hombres,
como un manzano entre los árboles del bosque.

¡Qué agradable es sentarme a su sombra!
¡Qué dulce me sabe su fruta!
 Me llevó a la sala de banquetes
y sus miradas para mí fueron de amor.

 ¡Reanímenme con tortas de pasas,
aliméntenme con manzanas,
porque me muero de amor!
 ¡Que ponga él su izquierda bajo mi cabeza,
y que con su derecha me abrace!

 

Él

 Prométanme, mujeres de Jerusalén,
por las gacelas y cervatillas del bosque,
no interrumpir el sueño de mi amor.
¡Déjenla dormir hasta que quiera despertar!

Segundo canto

 

Ella

 ¡Ya viene mi amado!
¡Ya escucho su voz!
Viene saltando sobre los montes,
viene saltando por las colinas.
 Mi amado es como un venado:
como un venado pequeño.
¡Aquí está ya, tras la puerta,
asomándose a la ventana,
espiando a través de la reja!

 Mi amado me dijo:
«Levántate, amor mío;
anda, cariño, vamos.
¡Mira! El invierno ha pasado
y con él se han ido las lluvias.
 Ya han brotado flores en el campo,
ya ha llegado el tiempo de cantar,
ya se escucha en nuestra tierra
el arrullo de las tórtolas.
 Ya tiene higos la higuera,
y los viñedos esparcen su aroma.

»Levántate, amor mío;
anda, cariño, vamos.

 »Paloma mía, que te escondes en las rocas,
en altos y escabrosos escondites,
déjame ver tu rostro,
déjame escuchar tu voz.
¡Es tan agradable el verte!
¡Es tan dulce el escucharte!»

 

Los dos

Atrapen las zorras, las zorras pequeñas
que arruinan nuestros viñedos,
nuestros viñedos en flor.

 

Ella

Mi amado es mío, y yo soy suya.
Él apacienta sus rebaños entre las rosas.

Mientras llega el día
y huyen las sombras,
vuelve, amado mío;
sé como un venado,
como un venado pequeño
por los montes escarpados.

 

Leyenda. La casa de los tubos, Monterrey

Leyenda

 

Cuenta la leyenda que la Casa de los Tubos es habitada por el ánima en pena de una niña, de unos 10 o 12 años, que se aparece y ronda por todas las habitaciones de la casa.

Su fantasmal aspecto puede aparecer en cualquier momento del día o de la noche, la niña vaga por todas los rincones de la tétrica morada como buscando algo o a alguien emitiendo guturales gemidos de ultratumba que ponen los pelos de punta hasta al más escéptico.

Dicen que, en vida, la niña era inválida; se desplazaba con ayuda de una silla de ruedas y que se suicidó arrojándose por uno de los enormes ventanales de la imponente construcción.

A la fecha nadie sabe exactamente cuáles fueron los motivos de la jovencita para acabar con su existencia.

Lo cierto es que seguido se escuchan gemidos y un llanto lastimero a altas horas de la noche, hay quienes aseguran haber visto la figura de una jovencita de tez blanca que pasa de un lado a otro de la casa en milésimas de segundo.

Se dice también que, tiempo después, un niño que andaba de curioso en esa casa también perdió la vida y que en ocasiones se pueden ver las sombras de ambos pequeños como si estuvieran jugando.

Ni el paso del tiempo, ni las inclemencias climatológicas han logrado derrumbar esta casa; se mantiene firme como mudo testigo de todo lo que en realidad haya pasado en su interior.

 

 

Sobre el amor

Anton Chejov

En el desayuno del día siguiente sirvieron unas tortitas deliciosas, cangrejos de río y chuletas de carnero, y mientras desayunábamos subió Nikanor, el cocinero, a preguntar qué deseaban los visitantes para la comida. Era un hombre de mediana estatura, rostro abotargado y ojos pequeños, totalmente rasurado, y parecía que su bigote no había sido afeitado sino arrancado de cuajo.

Aiyohin dijo que la bella Pelageya estaba enamorada de este cocinero. Como era un borrachín y de carácter violento, ella no quería casarse con él, pero estaba dispuesta a vivir con él así. Él, sin embargo, era muy devoto, y sus sentimientos religiosos no le permitían vivir «así»; insistía, pues, en el casamiento y no quería vivir de otro modo; y cuando estaba ebrio le regañaba y hasta le pegaba. Cuando estaba ebrio ella se escondía en el piso de arriba y rompía a llorar; entonces Aiyohin y la servidumbre se quedaban en la casa a fin de defender a la muchacha.

Se empezó a hablar del amor.

-Cómo nace el amor -dijo Aiyohin-, por qué Pelage no se ha enamorado de alguien más semejante a ella en cualidades internas y externas, y por qué se ha enamorado precisamente de ese Nikanor, de esa jeta -aquí todos le llamamos «el Hocico»-, en qué medida entran en el amor factores importantes de felicidad personal… todo eso es desconocido y sobre ello se puede discutir todo lo que se quiera. Hasta ahora se ha dicho del amor sólo una verdad inconclusa, a saber, que es «el gran misterio»; todo lo demás que se ha dicho y escrito sobre el amor no es una solución sino sólo una formulación de problemas que quedan sin resolver. La explicación que podría aplicarse a un caso no es aplicable a una docena de otros; más valdría, a mi modo de ver, explicar cada caso por separado sin meterse en generalizaciones. Cada caso específico, como dicen los médicos, debe ser individualizado.

-Esa es la pura verdad -asintió Burkin.

-A nosotros, los rusos bien educados, nos atraen estas cuestiones irresolubles. De ordinario, el amor es poetizado, adornado de rosas, de ruiseñores; pero nosotros los rusos engalanamos nuestro amor con esas cuestiones funestas, escogiendo además las menos interesantes. En Moscú, cuando yo era todavía estudiante, estuve viviendo con una chica, muchacha encantadora, quien cada vez que la tomaba en mis brazos pensaba en cuánto le daría mensualmente para gastos de la casa y en cuánto costaría ahora la carne de vaca. Del mismo modo, cuando nosotros estamos enamorados no cesamos de preguntarnos si nuestro amor es honesto o deshonesto, inteligente o estúpido, a dónde nos llevará, etcétera, etcétera. Si tal cosa es buena o mala no lo sé, pero lo que sí sé es que eso es un obstáculo, un motivo de insatisfacción e irritación.

Por lo que decía daba la impresión de querer contar algo. Las personas que viven solas llevan por lo común en la mente algo de lo que con buena gana quisieran hablar. En la ciudad los solteros visitan casas de baños y restaurantes sólo para ver si encuentran a alguien con quien pegar la hebra, y a veces relatan historias sumamente interesantes a los empleados de las casas de baños o a los camareros. En el campo, por otra parte, se desahogan con sus visitantes. En ese momento se veía por la ventana un cielo gris y árboles empapados de lluvia; en tiempo así no se podía ir a sitio alguno y no quedaba otro remedio que contar y escuchar historias.

-Vivo en Sofino y soy agricultor desde hace largo tiempo -empezó diciendo Aiyohin-, o sea, desde que terminé mis estudios en la universidad. Por educación y poco apego al trabajo manual, diríase que por inclinación, soy hombre de estudio. Pero cuando vine aquí pesaba sobre la finca una enorme hipoteca, y como mi padre se había endeudado en parte por lo mucho que había gastado en mi educación, decidí no irme de aquí y ponerme a trabajar hasta pagar la deuda. Así lo hice y comencé a trabajar en la finca, confieso que no sin cierta repugnancia. El terreno este no produce mucho y para que su cultivo no resulte en pérdidas es menester utilizar el trabajo de siervos y jornaleros, lo que viene a ser igual, o convertirse uno mismo en campesino juntamente con su familia. No hay término medio. Pero por aquel entonces yo no me metía en tales sutilezas. No dejé intacta ni una sola pulgada de tierra; reuní a todos los campesinos, hombres y mujeres, de las aldeas circundantes, y el trabajo cundió de lo lindo. Yo mismo araba, sembraba, segaba, trabajo que me resultaba aburrido, me enfurruñaba del asco que sentía, como gato de aldea obligado por el hambre a comer pepinos en la huerta. Me dolía el cuerpo y dormía de pie.

Al principio creí que podría conciliar fácilmente esta vida de trabajo físico con mis aficiones culturales; para ello -me decía- bastaba mantener en la vida un cierto orden externo. Me instalé en este piso de arriba, en las mejores habitaciones, dispuse que después del almuerzo y la comida me sirvieran café y licores, y leía en la cama El Heraldo de Europa todas las noches. Pero un día vino a visitarme nuestro sacerdote, el padre Iván, y de una sentada se bebió todos mis licores. El Heraldo de Europa también pasó a manos de las hijas del sacerdote, porque en el verano, sobre todo durante la siega del heno, yo no podía siquiera arrastrarme hasta la cama sino que me quedaba dormido en un trineo que había en el pajar o en cualquier cabaña del bosque. De ese modo ¿cómo iba a pensar en leer? Poco a poco me fui yendo al piso de abajo, empecé a comer en la cocina de la servidumbre, y del lujo anterior sólo quedan los criados que servían a mi padre y a quienes me da pena despedir.

En los primeros años me eligieron aquí juez de paz honorario. De vez en cuando tenía que ir a la ciudad y tomar parte en las sesiones del juzgado de paz y del tribunal del distrito; eso me entretenía. Cuando uno ha estado viviendo dos o tres meses sin salir de aquí, sobre todo en invierno, acaba por echar de menos la levita negra. Y en el tribunal del distrito había levitas, y uniformes, y fracs que llevaban los juristas, todos ellos hombres cultos con quienes se podía hablar. Después de haber dormido en un trineo y comido en la cocina, el hecho de sentarse en un sillón, con ropa limpia, con zapatos blandos, con la cadena del cargo al pecho… ¡vaya lujo!

En la ciudad me recibían cordialmente e hice amistades con facilidad. Y de todas éstas la más íntima y, a decir verdad, la más agradable para mí fue la que entablé con Luganovich, ayudante del presidente del tribunal del distrito. Ustedes dos lo conocen: persona sumamente encantadora. Esto fue inmediatamente después de aquel caso famoso de incendio premeditado. La investigación preliminar había durado dos días y estábamos agotados. Luganovich me miró y dijo:

-¿Sabe lo que le digo? Que se venga a comer conmigo.

Aquello era inesperado, ya que yo conocía poco a Luganovich; sólo oficialmente. Nunca había estado en su casa. Pasé un momento por la habitación del hotel para mudarme de ropa y fui a la comida. Y allí se me ofreció la ocasión de conocer a Anna Alekseyevna, esposa de Luganovich. Ella era entonces muy joven todavía, tendría no más de veintidós años, y hacía seis meses que había dado a luz a su primer niño. Esto es ya agua pasada; ahora me costaría trabajo puntualizar qué era exactamente lo que en ella había de extraordinario, lo que tanto me gustó; pero entonces, en la comida, todo ello me resultaba clarísimo: veía a una mujer joven, hermosa, bondadosa, inteligente, fascinante, una mujer como no había visto nunca antes. En ese momento tuve la sensación de que aquél era un ser muy allegado a mí y ya conocido, como si ya antes, largo tiempo atrás, en mi infancia, hubiese visto precisamente ese rostro, esos ojos inteligentes y atractivos en un álbum que tenía mi madre encima de la cómoda.

En el asunto del incendio intencionado los procesados eran cuatro judíos acusados de conjura, en mi opinión sin fundamento alguno. Durante la comida estuve muy agitado e incómodo. No recuerdo lo que dije, sólo que Anna Alekseyevna sacudía de continuo la cabeza y decía al marido:

-Dmitri, ¿cómo puede suceder tal cosa?

Luganovich era una de esas personas sencillas y de buena índole que se aferran a la opinión de que cuando un individuo es procesado ello significa que es culpable, y de que sólo cabe expresar dudas sobre la justicia de una sentencia documentalmente y según los preceptos legales, pero no durante una comida y en conversación privada.

-Ni usted ni yo somos culpables de un delito de incendio intencionado -apuntó mansamente-, y ya ve usted que no estamos procesados ni estamos en la cárcel.

Los dos, marido y mujer, trataron de hacerme comer y beber lo más posible. Por algún detalle, por la manera, por ejemplo, en que ambos preparaban juntos el café y el modo en que se entendían con medias palabras, colegí que vivían en paz y buena compañía y se alegraban de tener a un invitado. Después de la comida tocaron el piano a cuatro manos; luego llegó el anochecer y yo me volví al hotel. Esto ocurrió a comienzos de la primavera. Pasé el verano entero en Sofino, sin salir de allí, y ni siquiera tuve tiempo para pensar en la ciudad, pero el recuerdo de aquella mujer rubia y juncal permaneció fijo en mi mente durante todo ese tiempo. No pensaba en ella, pero era como si su leve sombra estuviese alojada en mí alma.

En las postrimerías del otoño se dio en la ciudad una función teatral con fines benéficos. Entré en el palco del gobernador (en el entreacto me habían invitado a hacerlo); allí vi a Anna Alekseyevna sentada junto a la esposa del gobernador; y de nuevo tuve la misma impresión, irresistible y sorprendente, de belleza, de ojos hermosos y acariciantes, y la misma sensación de proximidad. Me senté junto a ella y luego salimos al vestíbulo.

-Ha adelgazado usted -me dijo-. ¿Ha estado enfermo?

-Sí, he tenido reuma en el hombro, y en tiempo lluvioso duermo mal.

-Tiene cara de fatiga. En la primavera, cuando vino a comer con nosotros, parecía usted más joven, más brioso. Estaba entonces animado y hablaba mucho; era usted persona muy interesante, y confieso que me fascinó un poco. Por alguna razón he pensado en usted a menudo durante el verano, y hoy cuando me preparaba a venir al teatro se me ocurrió que quizá lo vería.

Y rompió a reír.

-Pero hoy tiene cara de fatiga -dijo de nuevo-. Eso le hace parecer más viejo.

Al día siguiente almorcé en casa de los Luganovich. Después del almuerzo salieron para su casa de verano a fin de cerrarla para el invierno. Fui con ellos. Con ellos también volví a la ciudad, y a medianoche estuvimos bebiendo té en un ambiente de hogareña tranquilidad, ante el fuego de la chimenea y mientras la joven madre iba con frecuencia a ver si dormía su hija. Después de esto, cada vez que iba a la ciudad nunca dejaba de ir a ver a los Luganovich. Se acostumbraron a mí y yo me acostumbré a ellos. Por lo común iba a verlos sin anunciárselo, como si fuera miembro de la familia.

-¿Quién está ahí? -preguntaba desde una habitación lejana una voz pausada que se me antojaba tan hermosa.

-Es Pavel Konstantinych -respondía la doncella o la niñera.

Anna Alekseyevna salía a verme con cara de alarma y me preguntaba siempre:

-¿Por qué no lo hemos visto en tanto tiempo? ¿Le ha sucedido algo?

Su mirada, la mano fina y elegante que me alargaba, su vestido casero, su peinado, su voz, sus pasos, todo producía siempre en mí la misma impresión de algo nuevo y extraordinario, de algo muy significativo en mi vida. Hablábamos largo rato y largo rato callábamos, cada uno pensando sus propios pensamientos; o bien ella se sentaba a tocar el piano para mí. Si no había nadie en casa me quedaba allí esperando, hablando con la niñera, jugando con la niña, o me recostaba en el diván turco del despacho para leer el periódico. Y cuando volvía Anna Alekseyevna, salía al vestíbulo a recibirla, recogía todas las compras que había hecho y por alguna razón cargaba con esas compras con tanto amor, con tanta solemnidad como si fuera un muchacho.

Hay un refrán que dice: «A la vieja todo le era fácil, por lo que se compró un cerdo». A los Luganovich todo les era fácil, por lo que entablaron amistad conmigo. Si pasaba mucho tiempo sin que yo fuera a la ciudad, ello quería decir que estaba enfermo o que me había ocurrido algo, por lo que ambos quedaban sumamente preocupados. Les preocupaba que yo, hombre culto, conocedor de lenguas, en vez de dedicarme a la erudición o la literatura, viviera en el campo, anduviera de la ceca a la meca, trabajara mucho y nunca tuviera un céntimo. Creían que no era feliz, que hablaba, reía y comía sólo para ocultar mis penas; y hasta cuando estaba alegre, cuando me sentía bien, notaba que clavaban en mí miradas inquisitivas. Mostraban especial ternura cuando me hallaban en verdaderas dificultades, cuando me apremiaba algún acreedor o no podía pagar a tiempo una deuda. Ambos, marido y mujer, susurraban algo junto a la ventana, luego se acercaban a mí y me decían con voz grave:

-Si necesita usted dinero en este momento, Pavel Konstantinych, mi mujer y yo le rogamos que no se avergüence de pedírnoslo prestado.

Y se le ponían las orejas coloradas de la agitación que sentía. O bien, después de hablar en voz baja junto a la ventana, se me acercaba con las orejas coloradas y decía:

-Mi mujer y yo le rogamos que acepte este regalo. Y me daban botones de camisa, una pitillera o una lámpara; y yo por mí parte les mandaba de mi finca pollos, mantequilla y flores. A propósito, ambos eran personas adineradas. En los primeros días, y a menudo, pedía dinero prestado donde podía, sin cuidarme mucho de a quién se lo pedía, pero por nada del mundo se lo hubiera pedido a los Luganovich. En fin, ¿para qué hablar de ello?

No me sentía feliz. En casa, en el campo, en el pajar, pensaba en ella, tratando de comprender el misterio de una mujer joven, hermosa e inteligente que se había casado con un hombre tan poco interesante, casi un viejo (el marido pasaba de los cuarenta), y había tenido hijos de él; trataba de comprender el misterio de ese hombre insulso, bonachón, ingenuo, que juzgaba las cosas con tan fastidioso buen sentido, que en bailes y veladas se apegaba a las gentes de pro, distraído, superfluo, con semblante respetuoso, apático, como si le hubieran traído allí para ponerle en venta, hombre que no obstante se creía con derecho a ser feliz y tener hijos de ella; y yo seguía empeñado en comprender por qué ella lo había conocido precisamente a él antes que a mí, y por qué había ocurrido en nuestras vidas tan horrible equivocación.

Y cada vez que llegaba a la ciudad veía en los ojos de ella que me había estado esperando; y ella me confesaba que desde esa mañana había tenido un presentimiento raro, había adivinado que yo vendría. Hablábamos largo y tendido, callábamos y no nos confesábamos nuestro amor, sino que lo disimulábamos tímida y celosamente. Temíamos todo cuanto pudiese revelar nuestro secreto aun a nosotros mismos. Yo la amaba tierna y hondamente, pero reflexionaba y me preguntaba a qué podría conducir nuestro amor si no teníamos fuerza bastante para luchar contra él. Me parecía increíble que este amor mío callado y triste pudiera, de pronto y brutalmente, romper el curso feliz de la vida de su marido, de sus hijos, de todo aquel hogar en que tanto me querían y tanto confiaban en mí. ¿Sería ése un proceder honrado? Ella me seguiría, pero ¿a dónde? ¿A dónde podría llevarla? Otra cosa sería si mi vida hubiera sido bella e interesante, si yo, por ejemplo, hubiera estado luchando por la liberación de mi patria, o fuera un erudito famoso, un actor, un artista. Pero tal como estaban las cosas sería trasladarla de una vida monótona a otra tan monótona o más que la otra. ¿Y cuánto tiempo duraría nuestra felicidad? ¿Qué sería de ella si yo cayera enfermo, o muriera, o simplemente dejáramos de amarnos?

Y ella, por lo visto, reflexionaba de igual modo. Pensaba en el marido, en los hijos, y en su madre, quien quería al yerno como a un hijo. Si se rendía a sus sentimientos tendría que mentir o decir la verdad, y en su situación lo uno y lo otro serían casos igualmente embarazosos y terribles. Le atormentaba la pregunta de si su amor me procuraría la felicidad, de si no me complicaría la vida, ya de suyo bastante dura y llena de toda suerte de apuros. Le parecía que no era bastante joven para mí, lo bastante laboriosa y enérgica para empezar una nueva vida. Y a menudo decía al marido que debería casarme con una muchacha honrada e inteligente que fuera una buena ama de casa y una compañera que me sirviera de ayuda -y al momento agregaba que una muchacha así a duras penas podría encontrarse en toda la ciudad.

Mientras tanto iban pasando los años. Anna Alekseyevna tenía ya dos niños. Cuando yo iba a casa de los Luganovich los criados me sonreían cordialmente, los niños gritaban que había llegado el tío Pavel Konstantinych y se me colgaban al cuello. Todo el mundo se alegraba. No comprendían lo que yo llevaba dentro de mí y creían que yo también estaba alegre. Todos veían en mí a un sujeto caballeroso, y todos ellos, personas mayores y niños, tenían la impresión de que el que iba y venía por la habitación era, en efecto, un sujeto caballeroso. Ello daba a sus relaciones conmigo un encanto singular, como si mi presencia en sus vidas fuese también más pura y hermosa.

Anna Alekseyevna y yo íbamos juntos al teatro, siempre a pie. Nos sentábamos juntos, nuestros hombros se tocaban. Yo, sin decir nada, tomaba de sus manos los gemelos y en ese momento sentía que ella estaba muy cerca de mí, que era mía, que no podíamos vivir uno sin el otro. Pero no sé por qué incomprensión, cuando salíamos del teatro siempre nos despedíamos y separábamos como si fuéramos extraños. Sabe Dios lo que la gente de la ciudad estaría ya diciendo de nosotros, pero en ello no había ni pizca de verdad.

Últimamente Anna Alekseyevna iba a menudo a estar con su madre o con su hermana. Empezó a mostrarse desalentada, consciente de que su vida era insatisfactoria, de que la había malgastado; y entonces no quería ver ni al marido ni a los hijos. Estaba en tratamiento por trastornos nerviosos.

Seguíamos sin decirnos nada, y en presencia de extraños ella me mostraba una inexplicable irritación. Bastaba que yo dijese cualquier cosa para que ella expresara su desacuerdo, y si yo discutía con alguien ella se ponía de parte de mi rival. Si dejaba caer algo, ella comentaba fríamente:

-Enhorabuena.

Si olvidaba los gemelos cuando íbamos al teatro me decía después:

-Ya sabía yo que los olvidaría.

Por fortuna o desdicha no hay nada en nuestra vida que no acabe tarde o temprano. Llegó el momento en que hubimos de separarnos, ya que Luganovich recibió un nombramiento en una de nuestras provincias occidentales. Tuvieron que vender los muebles, los caballos, la casa de verano. Cuando fuimos a ésta y luego cuando, al alejarnos de ella, nos volvimos para echar un último vistazo al jardín y al techo verde, la tristeza se apoderó de todos nosotros y yo comprendí que había llegado la hora de despedirse y no sólo de la casa de campo. Quedó acordado que a fines de agosto iría Anna Alekseyevna a Crimea por mandato de los médicos, y que poco después Luganovich y los niños saldrían para la provincia occidental.

Había venido mucha gente a despedir a Anna Alekseyevna. Cuando dijo adiós a su marido y a sus hijos y sólo quedaba un instante para el tercer toque de campana, corrí a su compartimento para poner en la red de equipajes una cesta de la que estaba a punto de olvidarse; y fue necesario despedirme de ella. Cuando allí, en el compartimento, nuestros ojos se encontraron, nuestra resistencia espiritual se vino abajo. La abracé, ella apretó su cabeza contra mi pecho y rompió a llorar. Besando su rostro, sus hombros, sus manos húmedas de llanto -¡ay, qué desventurados éramos los dos!-, le confesé mí amor, y con ardiente dolor de corazón comprendí cuan inútil, mezquino y engañoso había sido todo lo que había impedido que nos amásemos. Comprendí que cuando se ama y se reflexiona sobre ese amor se debe comenzar por lo que es más alto, por lo que es más importante que la felicidad o la desdicha, que el pecado o la virtud en su sentido habitual, o bien no reflexionar en absoluto. La abracé por última vez, le apreté la mano y nos separamos para siempre. El tren había arrancado ya. Pasé al compartimiento contiguo -estaba vacío- y me senté en él llorando hasta la estación siguiente. Desde allí volví a pie a Sofino.

Mientras Aiyohin contaba esta historia había cesado de llover y salido el sol. Burkin e Ivan Ivanych salieron al balcón, desde donde se disfrutaba de una hermosa vista del jardín y el río, que ahora, iluminado por el sol, brillaba como un espejo. La estuvieron admirando, a la vez que lamentaban que este hombre de ojos bondadosos e inteligentes, que les había contado su historia con tanta sencillez, tuviera que dar vueltas como una veleta en esta finca enorme, en vez de dedicarse a algún trabajo de erudición u ocuparse en cualquier otra cosa que hubiera hecho su vida más agradable. Y pensaban en el rostro afligido de Anna Alekseyevna cuando él se despedía de ella en el compartimento y le besaba la cara y los hombros. Los dos habían tropezado con ella en la ciudad, y Burkin la había conocido personalmente y la juzgaba hermosa

 

Roxane

The Police

 

Roxanne

you don’t have to put on the red light

those days are over

you don’t have to sell your body to the night

Roxanne

you don’t have to wear that dress tonight

walk the streets for money

you don’t care if it’s wrong or if it’s right

Roxanne

you don’t have to put on the red light

I loved you since i knew you

i wouldn’t talk down to you

i have to tell you just how i feel

i won’t share you with another boy

i know my mind is made up

so put away your make up

told you once i won’t tell you again

It’s a bad way

Roxanne

you don’t have to put on the red light

Roxanne

you don’t have to put on the red light

 

Roxanne

No tienes que colocarte en la luz roja

Esos días se acabaron

No tienes que vender tu cuerpos la noche

Roxanne

No tienes que usar ese vestido esta noche

Recorrer las calles por dinero

No te importa si está bien o mal

Roxanne

No tienes que colocarte en la luz roja

Te amo desde que te conocí

No te hablaré a escondidas

Debo decirte lo que siento

No te compartiré con nadie

Se que mi mente tomó una decisión

Ahora quitate el maquillaje

Te lo dije una vez y no te lo diré de nuevo

Es ese un mal camino

Roxanne

No tienes que colocarte en la luz roja

Roxanne

No tienes que colocarte en la luz roja